Nereo Rosso habla de fútbol (y otras cosas)

lunes, junio 06, 2005

El "no" europeo

Lo que más me sorprende de los comentarios que se leen y escuchan acerca de los “noes” francés y holandés a la mal llamada Constitución europea es la seguridad con la que tantos observadores y columnistas sacan conclusiones del resultado de las consultaciones dando por sentado que ellos, con sus mentes privilegiadas, conocen perfectamente las motivaciones del rechazo.
Yo no soy tan listo. Más abajo, más modestamente, diré por qué personalmente rechazo ese texto y expresaré la esperanza de que sean ésas las reflexiones que orientaron a franceses y holandeses. Pero de entrada me parece que lo único que se puede afirmar legítima y objetivamente es que Francia y Holanda (y por ende Europa) han echado abajo ese proyecto de Constitución. Y nada más. La gente ha dicho: “se ha preparado un texto constitucional y se me pregunta si lo apruebo, si me gusta. Lo he leído y no me gusta. Pues digo que no”. Por este hecho (el único) hay que empezar. Y, consecuentemente, hablar del texto de una vez, y no andar por ahí sacando conclusiones arbitrarias y a veces ridículas.
Decir que es un “no” a Europa no tiene sentido. Sí lo hubiera sido una abstención masiva. La convicción europeísta no se manifiesta necesariamente votando “sí”, sino simplemente yendo a votar, lo que supone implícitamente el reconocimiento de que, como europeo, uno tiene una obligación/derecho electoral (y la participación por lo menos en Francia fue muy elevada). Europa ya está hecha hace mucho, y ya está bien de cuestionarla constantemente. Holanda y Francia son dos de los seis países fundadores de la Unión; a buenas horas se habrían dado cuenta de que no quieren ser Europa o “esta” Europa. Lo que han dicho que no quieren, repito, es esa Constitución.
En España, hace escasos meses, los principales partidos políticos, con la loable excepción de Izquierda Unida, jugaron sucio y presentaron la consultación a los ciudadanos justamente como un referéndum acerca de Europa y no sobre un remedo de Carta Magna. Muy poca gente se leyó el texto. Muchos votantes se expresaron favorablemente para cumplir con la que percibían como una obligación, el pago de una deuda. “A ver si ahora, tras recibir tanta ayuda de la Unión, decimos que no porque, a raíz de la ampliación, nos va a tocar contribuir”. Bonito, pero totalmente fuera de lugar. Ni que la Unión y la pertenencia a ella de España necesitaran constantemente de una revalidación, de una confirmación, y no fueran, como son, hechos ya impepinables y prácticamente inamovibles. Por mucho que ganara el “no”, España hubiera seguido en la Unión ni sus obligaciones para con los demás países hubieran variado un ápice.
(También me llamó la atención el desparpajo con que tanta gente me decía que no pensaba votar, que les daba igual, que la cosa no iba con ellos. Es terriblemente sorprendente cuán rápidamente se ha cansado tanta gente en España de cumplir con sus obligaciones - y subrayo lo de obligaciones – electorales, cuando el recuerdo de la dictadura debería estar tan vivo todavía. Pero de ello hablaré en otra ocasión, pues merece una reflexión aparte.)
Jugaron sucio, los políticos, igual que lo hicieron después a la hora de interpretar el resultado, igual que lo hacen estos días buscándole tres pies al gato y escurriendo el bulto ante el único debate que tendría sentido ahora, esto es, por qué esa Constitución no les ha gustado a franceses y holandeses. Si lo hicieran se verían obligados a hablar del texto, para bien o para mal, desplazando el objetivo hacia el verdadero objeto de la consultación. Claro, no lo van a hacer. Mucho más cómodo tergiversar los hechos, no vayan a darse cuenta los españoles de la mierda de texto que aprobaron en su momento.
Pero el hecho de que en España las cosas fueran así, que la jugada le saliera redonda a PSOE y PP, no nos autoriza, obviamente, a asumir que en los demás países también se ha votado acerca de una falsa cuestión, como es justamente la del apoyo o rechazo del hecho europeo.
Sigamos con las seudointerpretaciones de estos días.
¿Es un “no” a la ampliación? Por supuesto que no. La ampliación a 25 ya es un hecho, y a 27 lo será dentro de un par de años. ¿Miedo al paro, a la deslocalización? Por favor, un poco de seriedad. ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? El capital deslocaliza como y cuando quiere en este mundo, y la ampliación hace justamente que países como República Checa, Polonia o, dentro de un par de años, Rumanía y Bulgaria, dejen de ser tan atractivos para los empresarios con ganas de deslocalizar.

Ahora, ya que lo hace todo el mundo, yo también voy a intentar una interpretación personal de los “noes” francés y holandés y explicar por qué de haber podido votar hubiera dicho que no.
Eso no es una Constitución, ni formal ni virtualmente. Una Constitución se compone de unos cuantos principios básicos, muy claros para todo el mundo, y no de un capitulado infinito que echa p’atrás y sólo un jurista puede entender e interpretar correctamente.
Se trata, en otras palabras, de un proyecto redactado por un equipo de burócratas, liderado por el tipejo de Giscard D’Estaing, totalmente de espalda a los ciudadanos. A parte de esto, es la consagración del libre mercado como principal, si no único, valor de Europa; el capítulo social es ridículo; el compromiso para con el Medio Ambiente está supeditado a la competitividad de las empresas; se postula la legitimidad de la guerra preventiva, lo que avala imperdonablemente la doctrina inspiradora de los recientes atropellos del Imperio. Menos mal que finalmente no se recogió aquello de las raíces cristianas que tanto deseaba el de las Azores.
Éstas son, para mí, las razones del rechazo. Un “no” mayoritariamente de izquierdas, progresista, solidario, ambientalista, que, lejos de renegar de Europa, cree tanto en ella como para querer dar a nuestra institución supranacional - tan débil todavía como para estar constantemente en tela de juicio - una Constitución digna de este nombre. Cuyo Artículo Uno, por poner un ejemplo, rece “Europa repudia la guerra de todas, todas”.
Éstas son, asimismo, las razones por las que no se quiere volver sobre el texto que acaba de naufragar y se prefiere explicar el fiasco de cualquier forma. Por cierto, no me cabe la menor duda de que los españoles son igual de progresistas, están igual de mentalizados acerca de temas como el Medio Ambiente (con la sequía que se nos viene encima) o la guerra preventiva (allí están las manifestaciones en todo el país cuando lo de Irak) que holandeses y franceses. Quizás el lavado de cerebro fue más intenso y compacto; tal vez los votantes pecaron de vagos a la hora de enterarse del objeto del referéndum y delegaron la decisión en sus partidos de toda la vida. De ahí que colara. De ahí que no resulte oportuno para algunos, ahora, profundizar en el verdadero quid de la cuestión, no vayamos a enterarnos de cómo están realmente las cosas. Me gustaría que los europeos, en lugar de criticar a franceses y holandeses por su supuesto euroescepticismo, tomaran nota, dejaran brotar en su interior esa valiosa amiga llamada duda (a posteriori), se molestaran en leer un poco más en profundidad el texto que se les propuso y se dieran cuenta de que – hablando en plata – los políticos intentaron darle (les han dado, en algunos casos) gato por liebre; que esa Constitución era una caca y que menos mal que holandeses y franceses se lo han tomado más en serio y han evitado que nos la dieran con miel.
Así pues, el “no” de Francia y Holanda supone para mí una excelente noticia. Más aún, la primera buena noticia en mucho tiempo. Bien es cierto que se compone de estas objeciones y de otras, del todo diferentes. Le Pen también pidió el “no”, y ganó. Me da un poco igual. Lo importante es que ese texto, que posteriormente hubiera sido prácticamente imposible de modificar, no ha prosperado.
Ojalá el resto de Europa siga el ejemplo y exija a sus representantes una Carta Magna en condiciones. A ver ahora qué pasa. De momento, gracias de corazón a holandeses y franceses.

domingo, mayo 29, 2005

Champions' 05. y 7

¡Larga vida al fútbol! Aun dentro de la lógica decepción e incredulidad que como diablófilo siento tras ver a mi club favorito perder una final de Copa de Europa que parecía ganada, no puedo sino expresar mi eterna gratitud al inventor de un juego tan increíblemente complejo, apasionante, imprevisible, misterioso, cruel a veces pero nunca – repito: nunca – injusto.
La primera y más importante enseñanza que personalmente puedo sacar del partido del miércoles es que el análisis puede variar sensiblemente tras una segunda lectura. De haber escrito mis comentarios tras el primer “pase”, en directo, visto más con el corazón que con el cerebro, éstos habrían sido bastante diferentes. Lógico.
Una vez visto el partido grabado, en frío, he de decir que las razones (que siempre las hay) para explicar lo que pasó me parecen ahora más estrictamente futbolísticas que anímicas.
De entrada, me parece que Benítez es un técnico excelente donde los haya, pero que se equivocó en la alineación inicial. De ahí que en la primera parte, en efecto, no hubiera partido. El Milan dominó desde el minuto uno al 45, metiéndose en las entrañas de la defensa roja con una facilidad pasmosa y defendiendo con la gorra ante los veleidosos ataques del rival. El 3-0 no hacía sino reflejar lo que todos, incluido el Dúo Dinámico, habían visto: una superioridad nunca vista en una final. Algo pasaba.
El australiano Kewell se lesionó pronto, y Benítez sacó a Smicer, un rostro ya muy conocido para los aficionados de toda Europa tras sus buenas prestaciones a lo largo de los últimos meses. No sé bien qué podría haber aportado Kewell. El caso es que finalmente Smicer fue seguramente uno de los protagonistas del encuentro. Pero el barco del Liverpool seguía haciendo aguas. Luego vino el descanso.
No cabe duda, visto lo visto, que Benítez supo tocar las teclas adecuadas desde el punto de vista anímico. Y también que es ésta una faceta fundamental en un técnico. Pero yo creo que, sobre todo, la jugada clave del entrenador español fue la de sacar a Hamann en lugar de Finnan. No es que Hamann sea Maradona, pero a veces – a menudo – un retoque mínimo resulta en un reajuste general de todo el equipo; milagrosamente se recupera el equilibrio perdido; lo que poco antes era un juguete roto, un mecanismo mal engrasado, empieza a funcionar correctamente. Todo depende del mediocampo, en este juego. Y el medio campo del Liverpool ahora tenía otra pinta.
¿Qué pasaría, mientras, en el vestuario rojinergo? Misterio, obviamente. Según “La Gazzetta dello Sport” del viernes, Traoré habría afirmado que los del Milan ya celebraban el triunfo, los del Liverpool los vieron y oyeron, se cabrearon y les castigaron. No me lo creo. “La Gazzetta dello Sport” no me merece mejor opinión que “As” o “Marca”: todas gacetillas futboleras que son al Deporte Rey lo que el “Lecturas” es al análisis social. Directamente, no me lo creo. O sea, no me creo que unos profesionales curtidos en mil batallas hagan lo que no hace siquiera el más bisoño equipo de Regional, es decir, perder la concentración en el descanso y cantar victoria a falta de 45 minutos. Menos aún me lo creo del Milan, al que la experiencia de La Coruña debía de escocer todavía. Es más, creo que, lejos de olvidarse de la lección de Riazor, ese recuerdo debió de acojonar a muchos milanistas después del primer y fundamental gol de Gerrard.
En realidad, los diez primeros minutos del segundo tiempo parecieron un “más de lo mismo”, hasta que los hechos empezaron a dar razón a Benítez, premiando lo acertado de sus correcciones sobre la marcha. Y es que cuando ves que tu equipo está descompensado, por muy de Liverpool que seas, no te entran ánimos. Sí te entran cuando ves que aquello empieza a funcionar y, además, tu capitán marca el primer gol a falta de 35 minutos.
Al Milan se le cruzaron los cables durante esos siete fatídicos minutos. Algo muy grave, creo, en un equipo de esa talla. En el primer gol Gerrard se coloca en el corazón del área y espera durante un puñado de segundos el centro sin que nadie se moleste en ir a marcarle; en el segundo, Smicer puede perfilarse, apuntar y disparar con toda tranquilidad, sorprendiendo a Dida (que también tiene algo de culpa); en el tercero Gattuso se deja ganar la posición por Gerrard y le hace un penalti bastante claro.
Al Milan le pasó algo a nivel psicológico; pero, más allá de factores mentales también importantes, ése era otro Liverpool. Y claro, un Liverpool de verdad, organizado, compensado, puede meterle tres en siete minutos a un Milan temporalmente ausente. Cuando los de Ancelotti recuperaron la compostura, el partido volvió a su libreto originario, con un Milan superior bajo casi todos los aspectos pero, ahora, ante un Liverpool que ya era un equipo y no una parodia, como en el primer tiempo. Mejor arropada, la defensa concedió muchísimo menos. Carragher estuvo inconmensurable. El magnífico Gerrard (finalmente a la altura de su fama tras unas prestaciones discretas, en mi opinión, ante Juventus y Chelsea) acabó de lateral derecho tapando con éxito las internadas de Serginho. Soberbio.
Así pues, enhorabuena al Liverpool por su segundo tiempo memorable. Sin embargo, cuando una final termina en empate y se decide por penaltis, siempre me parece una victoria menor. Tampoco me habría ilusionado mucho, la verdad, que fuera el Milan el que se alzara de esa guisa con el trofeo tras haber tenido el partido en sus manos; ya lo hizo hace dos años, y tener dos de siete Copas de Europa conseguidas desde el punto fatídico disminuye, en mi opinión, el valor de un dato estadístico aparentemente tan apabullante. Las nueve de Madrid, por ejemplo, son todas “de verdad”.
Claro que hay que tener agallas en esos momentos, y el Liverpool superó claramente al Milan en concentración, determinación, acierto. Dudek estrenó ante millones de espectadores una nueva técnica de detener penaltis, que consiste en desplazarse horizontalmente a lo largo de la línea a derecha e izquierda, lo que debe de resultar bastante molesto para quien lanza. Además, resucitó la pantomima que hizo famoso a su predecesor Grobbelar en el 84 contra la Roma, meneándose como si le flaquearan las fuerzas en el momento en que el lanzador coge carrerilla.
Por cierto, son una suerte, los penaltis, que se les da decididamente mal a los italianos, tanto Selección como clubes. Y esto también querrá decir algo.
Comentarios sueltos. La designación de Mejuto González para la final me pareció poco feliz. Lejos de mí cualquier sospecha – digo antes del partido – sobre su imparcialidad; pero en vista de que en Anfield trabaja una nutrida colonia española, tal vez no haya sido la elección políticamente más idónea. No sé si los italianos, a menudo amigos de especulaciones y cavilaciones, han calentado el ambiente en este sentido en la víspera. Espero que no. Pero yo habría elegido a otro justamente para evitarlo.
A posteriori, la labor del colegiado español fue realmente excelente, y también la de sus colaboradores con ocasión de algunos fuera de juego complicados de juzgar. Bravo. Los árbitros españoles pitan mucho mejor en Europa que en patria. ¿Por qué será?
Vi el partido en directo en una cafetería abarrotada de gente y no pude escuchar los comentarios del Dúo Dinámico. Cuando mi segundo “pase”, me sorprendió gratamente la actitud de Míchel, que por una vez no dio la lata con lo de la calidad y se mantuvo siempre oportunamente imparcial. Al de la Casa se le oía más el plumero, pero en general me temía una narración de tintes mucho más proliverpool. Menos mal.
Ridícula, en cambio, me parece la actitud de muchos futboleros – que no aficionados – españoles que, una vez eliminada la otrora Invencible Armada Rojigualda (no pasó de octavos) se volvieron hinchas incondicionales del Liverpool, por aquello de la presencia española en campo y en el banquillo. Por supuesto que entre dos equipos “neutrales” cada uno puede tomar partido por el que más le dé la gana: por el que juega el fútbol que más le gusta a uno, instintivamente por el más débil o, cómo no, por el más “español”. Pero de ahí a convertirse en un hooligan media un abismo. En la citada cafetería tuve que soportar escenas de júbilo a todas luces desproporcionadas, ya que el ganador seguía siendo, a la postre, el Liverpool (Inglaterra, Reino Unido de la Gran Bretaña). Debe de haber pasado lo mismo en Finlandia y Noruega por el triunfo de Hyypia y Riise, respectivamente. Pero Finlandia y Noruega son países del Segundo Mundo en el fútbol. No así, pensaba yo, España.

martes, mayo 24, 2005

A propósito de Maldini. 2

A PROPÓSITO DE MALDINI – 2

Volvamos pues al mejor lateral izquierdo de la Era Moderna para esta segunda tanda de reflexiones. Pero esta vez para hablar mal de él o, por lo menos, para criticar algo que él hizo, algo tan de moda últimamente como es eso de “renunciar” a la Selección unilateralmente y, casi siempre, de forma irrevocable.
El gran Luis Suárez declaró a este respecto hace un tiempo que en su época se renunciaba a la Selección cuando a uno dejaban de convocarle. Tiene más razón que un santo. (Poca gente lo sabe, pero lo es, en efecto; Juan Pablo II le canonizó en el 90 por no matar a Míchel después de que el actual Señor Calidad se agachara en la barrera, permitiendo que se colara el libre directo de Stojkovich y Yugoslavia eliminara a España del Mundial. A los que se agachan en la barrera Dante, de escribir hoy, seguro que los mandaría al último círculo del Infierno, reservado a los traidores de sus benefactores, junto con Caín, Judas y José María Aznar.)
Elemental en mi forma de pensar, como siempre, se me ocurren dos únicas posibilidades. O bien a Fulanito le dejan de llamar o bien no.
La primera hipótesis debe de parecerles a algunos modernos figuras una intolerable afrenta, y deben de pensar algo así como “Y si el mindundi este de seleccionador resulta que cree que ya no valgo para la Selección, ¿acaso no voy a quedar mal ante mis incondicionales adoradores? Pues renuncio yo directamente, y quedo como un señor”. Este ridículo planteamiento parece olvidar que a gente como el propio Suárez, Charlton, Beckembauer, Rivera, en un momento determinado dejaron de llamarles, y no pasó nada. Roberto Baggio, por poner un admirable ejemplo contrario, estuvo siempre a disposición del seleccionador italiano de turno, a pesar de que ya en el 98, en Francia, tuviera que aguantar la competencia del astro naciente Del Piero. Hubo auténticas campañas populares a favor de su inclusión en la lista en el 2000, 2002 e incluso 2004, cuando ya estaba en el Brescia, en las que participaron (ahí está el quid) no sólo los aficionados del equipo en que jugaba el Divino Coleta en ese momento, sino los muchos italianos que le consideraban indispensable. (Cierto es que Baggio – como veíamos en el anterior pensamiento a propósito de Maldini – no se había distinguido por una extraordinaria fidelidad a los colores de sus clubes, tan es así que pasó por una media docena de ellos. Por ello mismo, quizás, las campañas a su favor fueron tan “universales”.) Y a Baggio nunca se le ocurrió hacerse el ofendido y menos retirarse unilateralmente. Siempre estaba allí, dispuesto, y a los periodistas carroñeros que le picaban solía contestar que él estaba listo y le hubiera encantado ir a ese Mundial o a esa Eurocopa aunque fuera de suplente; que Maldini (padre), Zoff o Trappattoni decidirían y que él aceptaría cualquier decisión. Todo un ejemplo. Y estamos hablando de Baggio.
Una cosa es retirarse sin más, porque se ha cansado uno, porque ya no le divierte, porque ve que no da más de sí. Por la razón que sea. Y siempre es legítimo. Otra bien diferente es que uno decida seguir jugando, y muy bien, y al más alto nivel, pero le diga a su seleccionador, a todos los aficionados de ese país, que el equipo nacional (¡el equipo nacional! ¿cabe imaginar algo más sagrado para un futbolista?) puede ir olvidándose de él. Una actitud deleznable, directamente. A no ser que se considere, como ocurre aquí, que la Selección es algo secundario con respecto a los clubes, algo prescindible, algo que aparece de vez en cuando para romper el ritmo de la competición nacional y disputar cada dos años un gran torneo en el que regularmente no se come una rosca (ya hablaremos de las razones de esto último en otro momento). A mí la renuncia de personajes como Hierro o Luis Enrique me pareció francamente prematura, pero igual al aficionado español medio les dio bastante igual.
Pero empezamos por Maldini. Y Maldini es italiano. Y desde luego Italia no es España si hablamos de equipos nacionales. Maldini renunció a la Nazionale después del Mundial del 2002. Fue un Mundial al que todos los equipos europeos llegaron reventados por una temporada criminal; Francia, Italia, España, Inglaterra dieron auténtica pena. Alemania llegó a la final tras disputar un torneo mediocre y una vez allí no fue rival para Brasil. Maldini también estuvo mal. Además jugó de central, una posición en la que, según creo, pierde muchísimos enteros. Estuvo mal en el gol de México; estuvo mal en el gol de Corea. Pero estuvo mal como lo estuvieron Vieri o Del Piero o Totti. De acabado, nada. Tres años después, Maldini sigue de titular en el Milan y está a punto de disputar la final de la Copa de Europa, tras mantener un nivel excelente a lo largo de toda la campaña en Italia. Pues ni Trappattoni ni Lippi han podido contar con él desde entonces. Manda a huevos. Yo que Lippi, por ejemplo, de haberlo considerado oportuno, le habría convocado para los partidos de clasificación y le llamaría para ir a Alemania. “Señor Maldini, ya sé de su renuncia a la Selección italiana, pero, como sigue usted regularmente inscrito en esta Federación nacional y como aquí el que manda soy yo, le espero en Coverciano el día tal a la tal hora”. A ver qué pasaría.
También cabe, como decía, otra posibilidad, a saber, que el seleccionador le diga a cierto icono del fútbol nacional que ya no piensa contar con él, que si quiere puede convocar una rueda de prensa y anunciar su retirada unilateral antes de dejar de aparecer en la lista de seleccionados, caso de parecerle una salida más digna. Al margen de que eso de querer dejar claro que no es que a uno le dejen de llamar sino que es uno el que deja de ir me parece un caprichito digno de una primadonna venida a menos, especialmente si no es verdad (y es ésta la hipótesis), creo que lo más bello que podría decir un Maldini llegado el caso sería “míster, gracias por decírmelo, y gracias por haber contado conmigo hasta ahora. Sin embargo, si no le importa, prefiero dejar abierta esa puerta, la más hermosa puerta que pueda existir para un futbolista, por si acaso cambia usted de opinión o por si – perdone el atrevimiento – cuando usted deje de ser seleccionador, a su sucesor le pueda seguir interesando mi aportación. En todo caso si la Nazionale me necesita siempre estaré a su disposición. Ténganlo usted por seguro”.
¿Qué menos, tratándose del Equipo Nacional de uno?
Pues nada. Ahí están, entre otros, Zidane, Rui Costa, Figo diciendo que no, que con ellos ya no cuenten. Zidane parece decir “Ya os llevé a conquistar un Mundial y una Eurocopa. Soy Zidane, oye, y ya no estoy para ridículos como el del 2002 (con los del Madrid tengo suficiente).” Como si fuera Francia la que le debe algo y no él a Francia. Resulta difícil pensar que Zidane pensara que ya no le iban a llamar, y en vista de que el francés sigue activo y muy activo nada menos que en el Real Madrid, sólo cabe una explicación, es decir, que Zizou ¡está harto de jugar en su Selección! Una actitud que no puede sino reforzar la sensación de que para él, para Maldini, para todos, la Selección es algo secundario. ¿Cómo puede reaccionar el aficionado ante esa actitud? Obviamente, distanciándose de su equipo nacional, llegando a considerarlo, a su vez, algo secundario. Repito: deleznable.
En general, este fenómeno al que he dedicado esta reflexión parece ser un signo más de la desafección generalizada por parte del aficionado medio hacia su Selección y los grandes torneos para Selecciones, que son en cambio lo más bonito de este deporte. Debe de ser un ejemplo más de la primacía de lo privado (los clubes) con respecto a lo público (la Federación) en este nuestro mundo. En este sentido, las selecciones parecen gozar de la misma consideración que le merece al ciudadano medio cualquier institución pública, esto es, que si funciona cumple con su obligación y es de todos, y si no funciona es una puta mierda y no es de nadie.

miércoles, mayo 04, 2005

Champions'05_6

El que no se consuela es porque no quiere. Lo pensaba de mí mismo cuando me sorprendí viendo el lado bueno de haber errado mi pronóstico sobre la semifinal inglesa de Liga de Campeones. “Qué bonito es el fútbol – pensé – que siempre sabe sorprenderte y dejarte enseñanzas nuevas”. Pensé en su momento que el Chelsea accedería a la final de Estambul eliminando a la Juventus, en cambio ha sido el Liverpool quien ha echado a la cuneta primero a la Vecchia Signora y después al Chelsea.
Dije hace unas fechas que, visto como han jugado este año en Europa, llamaba la atención el hecho de que Milan y Juventus estuvieran empatados a puntos en la Serie A. Lo mismo, pero al revés, podría decirse después de ver el doble enfrentamiento entre Liverpool y Chelsea; es decir, que cuesta creer que los de Londres les saquen más de treinta puntos a los Reds. Más datos. Esta temporada ambos equipos se habían enfrentado dos veces en la Premier y una en la Copa de Liga, y siempre ha ganado el Chelsea; luego vino el partido de ida que, como sabemos, acabó en tablas (0-0). Ayer Anfield vivió una noche mágica y aupó a su equipo hacia la gloria, sosteniéndole literalmente en los momentos más difíciles, que por cierto no fueron muchísimos.
Una primera clave para entender lo que pasó podría ser que el Chelsea tiene un once inicial muy bueno pero una plantilla insuficiente. Entre Huth y Johnson, ambos mediocres, Mourinho eligió a Geremi para el lateral derecho. El ex madridista estuvo mejor que sus compañeros, pero tiene sus limitaciones. Llegado el momento de los cambios, entraron Kezman y Robben; el primero, es bastante malo; el segundo, dicen, sale de una lesión, pero a mí me parece el típico jugador seudobueno, de esos que perjudican al equipo más aún que los malos, pues se creen llamados a hacer algo memorable cada vez que la tocan (ejemplos inmejorables de esta clase de futbolista fueron Prosinecki y el Burrito Ortega, al que debe Argentina el rotundo y aparentemente inexplicable fracaso en el Mundial de 2002). Para mí Robben hundió aún más las ya reducidas posibilidades de su equipo, ralentizando las jugadas en busca de un golpe de efecto que por supuesto no llegó.
El bueno de Benítez, por su parte, recuperaba al internacional alemán Hamann, que tiene cara de empleado del catastro y pone orden en la media. Jugó un muy buen partido, pero no pudo llegar hasta el final. Aún así, sobre el papel, el Chelsea seguía siendo superior, ya que por otra parte al Liverpool le faltaba Alonso. Pero lo bueno de estas eliminatorias es que eso no vale de nada. Hay que demostrar la supuesta superioridad no a lo largo de nueve meses de competición, sino allí y en ese momento. El Chelsea no lo supo hacer ni en la ida ni en la vuelta.
Curiosamente, la primera parte sólo duró cinco minutos. O tal vez no, pero a mí me lo pareció de puro entretenida. Nada más salir del vestuario Luis García metió ese gol tan raro. Lo que dice Segurola en “El País”, o sea que “el penalti anula la ley de la ventaja”, es una tontería como una casa: miles de veces no se ha pitado un penalti porque el balón estaba a punto de entrar. ¿Qué tenía que haber hecho el árbitro, conceder el penalti? ¿Y si luego lo hubieran fallado, no hubiese sido mayor ventaja dejar seguir la jugada? Ya, pero ¿y si no hubiera entrado? Mejor dicho, ¿si el gol no hubiera subido al marcador? Y aparte, ¿no debió acaso expulsar igualmente al portero a pesar de no haber pitado la falta? Lo cierto es que el eslovaco engominado tuvo que tomar una decisión dificilísima en unas décimas de segundo, y que al final se hizo más o menos justicia. A partir de ahí el Chelsea empujó con mucho corazón mas pocas ideas claras, recurriendo constantemente al pelotazo al área. Defender ante esta clase de ataque no es lo más difícil del mundo; el Liverpool lo hizo bastante bien, aunque después perdía el balón con desconcertante rapidez. Hizo lo suyo, el equipo de casa, que no es precisamente un dream team.
Por su parte, lo mejor que tiene el Chelsea es la contra, pero después del 1-0 a ver quién le iba a conceder espacios. El Liverpool, no. Y ante un equipo cerrado los de Mourinho demostraron importantes carencias. En este sentido el Chelsea me defraudó, porque le suponía otras virtudes y algunas modalidades alternativas en la forma de atacar que no fueran el pelotazo a Drogba, que tan buenos resultados le había dado en anteriores ocasiones. Y es que no todos los días es domingo ni se tiene en frente a una defensa como la del Bayern. El Liverpool ese libreto lo conoce muy bien. Una vez más sobresalieron sus dos centrales, sobre todo, en esta ocasión, Carragher. En cuanto al óptimo Hyypia, me parece un poco una crueldad que un jugador tan bueno sea finlandés. No quiero decir que ser finlandés sea malo, faltaría más. Pero así nunca podrá participar (no digamos ya ganar) en una gran competición por equipos nacionales, que es lo mejor de este mundo. Lo mismo le pasaba a Litmanen o a Weah; lo mismo le pasa ahora a Shevchenko, aunque parece que esta vez Ucrania tiene opciones para llegar al Mundial de Alemania.
De todas formas, a la postre el gol del español García decidió la contienda. No creo que el Chelsea fuera culpable de relajación a raíz de la consecución del título de liga hace apenas unos días. Aunque puede ser. Ahora, seguro que Lampard se acuerda de la ocasión que falló en Stamford Bridge. Lo siento por mi amigo El Guiri, acérrimo chelsófilo. El año que viene, a intentarlo otra vez.
Mourinho, él ya consiguió dos entorchados en su primera temporada en Londres y puede darse por satisfecho. Estuve en Oporto el verano pasado con ocasión de la Eurocopa y los lugareños me comentaban que ese mal rollo que se apreciaba al final de la gloriosa temporada entre futbolistas y entrenador (el propio Mourinho) se debía a que éste había contraído el desagradable hábito de tirarse a las esposas de sus jugadores. A saber qué va a pasar ahora, si el guaperas sigue en Londres o se va a follar, digo, a entrenar a otra parte. Pero éstos son comentarios indignos de mí y más propios de la prensa amarilla. Pido perdón.
Dos cositas más acerca del partido de Anfield. Ya sabemos que el Liverpool lo entrena un español, que más españoles (bueno, habrá que ver hasta qué punto se siente español Xabi Alonso, pero es asunto suyo) juegan allí, incluso que uno de ellos metió el gol decisivo; es lógico que, puestos a elegir, los españoles prefirieran que ganara el equipo anfitrión. Pero de ahí a celebrar la victoria como si se tratara del Madrid o del Barcelona, hay un abismo. Parece que el aficionado medio no es capaz de ver un partido de fútbol sin tomar partido y colocarse idealmente la camiseta de uno de los dos equipos, así jueguen Corea contra Camerún, que ya me dirás tú que más le da a uno. Huérfanos de sus representantes en una fase relativamente precoz del torneo, en comparación con los resultados de las últimas temporadas (lo que todavía no han digerido del todo), los futboleros de España parecen ahora volcarse con el Liverpool. Vi el partido de ayer en un bar, y llegué a creer que estaba en Liverpool. Me parece una actitud que va más allá del simple chovinismo y se sitúa de lleno en el terreno del paletismo más cerril. Por cierto, también podrían desearles lo peor, justamente por jugar fuera de su país. Pero los mecanismos de ciertos cerebros humanos a veces son realmente difíciles de entender. Ahora estarán encantados por tener a un puñado de compatriotas en la final. Lo dicho: el que no se consuela es porque no quiere. Aluciné, por poner otro ejemplo, hace unos días, cuando un aficionado español me dijo que prefiere que el Milan no gane la Copa de Europa, no porque le caiga especialmente mal, sino porque no quiere que se acerque, con siete, a las nueve Copas del Madrid. Y se quedó tan ancho. ¿Cabe imaginar mayor paletez?
También manda a huevos la crónica del partido del Segurola, hoy en “El País”. Segurola es un fanático de Inglaterra (y me parece muy bien) y en concreto, me parece entender, del norte obrero. Fan acérrimo de The Beatles (como yo mismo, por cierto), todo lo que viene de allí arriba le parece fenomenal. Desde luego, no es el fútbol que más le gusta, pero le reconoce una grandeza especial y, desde luego, le fascina. Lo cual, repito, me parece comprensible incluso en un periodista, una profesión que, en mi opinión, exigiría mayor imparcialidad. Pero es su debilidad, qué se le va a hacer. Hete aquí, sin embargo, que todo lo que anoche fue grandeza, heroicidad, épica, historia, ambientazo y todo lo demás, se torna en racanería y perfidia cuando ese mismo partido lo juega un equipo italiano. Y si no, a ver qué dice mañana sobre el partido de Eindhoven. El Liverpool metió su gol y se dedicó a defenderlo. De cajón. Montó la barricada, puñal entre los dientes, y a aguantar. Épico, nada que objetar. Pero si llega a hacer lo mismo la Juve o el Milan ya estamos con el horror, el antifútbol, la mezquindad, la marrullería, la suerte, los árbitros y un largo etcétera. No digamos ya si en frente está su adorado Madrid u otro equipo que le caiga mejor que los transalpinos (o sea, todos). ¿Juicio de intenciones? Pues no: allí están las tantas y tantas crónicas sesgadas y sectarias de este señor que los italianos e italianistas hemos tenido que soportar a lo largo de todos estos años.
Segurola es de esa clase de periodistas que tiene una y una sola idea de fútbol en la cabeza. En plan “le futbol c’est moi”. Si el equipo que más se acerca a su filosofía gana, mejor que mejor: se hace “justicia”, “gana el fútbol” y otras sandeces. Si pierde, pues entonces a echar bilis y a despotricar sobre lo cruel de este juego, lo injusto del resultado, la dichosa "suerte", lo impresentable del vencedor, máxime si es italiano o alemán.
De la misma calaña es el Dúo Dinámico de TVE: el Señor Calidad y el otro mentecato del de la Casa. Esta noche jugaban su partido de vuelta el PSV Eindhoven y el Milan, esta vez en el estadio de la Philips. Huelga decir que entre un equipo italiano y otro holandés el Dúo se pone, insultante y descaradamente, del lado del holandés. Dios sabe por qué. Sin disimulo alguno, los dos tipejos celebraron los goles del PSV como si fueran de la Selección española; cuando marcó Ambrosini casi se echan a llorar en directo. Pero no perdamos más tiempo con estos hinchas con pluma o micrófono y vayamos al partido.
El PSV volvió a sorprender a todo el mundo jugando un partido realmente excelente en todos los sentidos. Si en San Siro, sobre todo en la segunda parte, ya había demostrado que podía imponer su juego al Milan, aunque disparando sin ninguna convicción y con balas de fogueo, hoy le dio un verdadero repaso al equipo de Ancelotti. Hoy sí metió tres goles soberbios, y además Dida tuvo que sacar por lo menos un par de balones que llevaban, como suele decirse, marchamo de gol. Enhorabuena. Pasa el Milan únicamente por aquello de haber marcado un gol fuera de casa. Esta noche saíó goleado, y el cómputo global de la eliminatoria fue de empate a tres.
El técnico italiano prefirió resguardar un poco más su defensa y sacó a Ambrosini en lugar de Crespo (o Tomasson). En mi opinión no fue una idea acertada. Ambrosini, aparte de marcar el gol decisivo, estuvo muy bien. Pero un equipo tiene su configuración y alterarla puede tener repercusiones indeseadas. Esta noche las tuvo. Cuando consiguió asentarse un poco en el terreno de juego, el Milan ya llevaba un gol en contra. El que fue una verdadera calamidad para sus colores fue Seedorf, que no parece sentir nunca ninguna camiseta. La cosa no va con él. Un mercenario. Ancelotti le sustituyó por Tomasson después del 2-0, recuperando la fisonomía natural del equipo y apartando de nuestras vistas al impresentable de Clarence.
Un comentario aparte se merece, de todas formas, lo que le hizo el delantero centro holandés, Vennegoor of Hesselink, a Maldini. El balón estaba en el aire dentro del área milanista; el holandés tenía una excelente ocasión de gol; sólo tenía que atacar la pelota de cabeza y aprovechar su propio impulso para meterla donde quisiera, haciendo probablemente mucho daño. Pues no. A quién le hizo daño fue a Maldini. Porque (mira que hay que tener fantasía) no se le ocurrió nada mejor que buscar algo así como una chilena. Claro, en lo que inclinó ese corpachón, Maldini tuvo todo el tiempo de llegar a la pelota, él sí de cabeza, como Dios manda, y despejarla. El otro zoquete no se dio por aludido y pateó la cabeza de Maldini. Milagrosamente, no le mató. Aún más milagrosamente, el Gran Capitán siguió en el terreno de juego, aunque finalmente tuvo que ceder su sitio al mediocre Kaladze. Ahora bien, si yo hubiera sido el árbitro le habría sacado dos amarillas una tras otra y le habría mandado a la caseta. La primera, por juego criminal, que no peligroso; la segunda, por contravenir a las leyes más elementales de este juego y usar los pies en lugar de la cabeza. Leso fútbol, vamos. Maldini, como dicho, se tuvo que retirar en la segunda parte. Pero desde luego no es excusa para el mal juego del Diablo.
No sé si el partido del Milan más fue tímido y miedica o simplemente displicente; el caso es que renunció a imponer su juego y a zanjar la disputa con un gol definitivo. Parecían decir “¿que queréis el balón? Pues toma. Total, tenemos dos goles de ventaja”. Muy mal. No sé hasta qué punto se acordaron los rojinegros del partido de La Coruña, hace un año. Yo sí me acordé de él durante los noventa minutos. Y, esta vez sí, me temí lo peor. Los de Hiddinck jugaron un partido generoso a la par de ordenado; salieron conjurados del vestuario e hicieron me imagino que el partido del año. Recuperaban el balón con facilidad – gracias también a la dejadez milanista – y lo administraban con tino y las mejores intenciones del mundo. Atosigaban al Milan con su presión y, recuperado el cuero con cierta facilidad, salían en tromba a un ritmo muy elevado, moviéndose muy bien sin balón y evidenciando unas condiciones técnicas realmente admirables. Claro (a posteriori): a estas alturas de la competición no llega ninguna panda de mindundis. Los extremos, estiletes; Park, un monstruo secando a Pirlo y fabricando juego; Cocu, conmovedor en el esfuerzo y certero en los remates; los dos gruesos centrales, impecables; Van Bommel, soberbio, metió al área unos centros envenenados que me ponían los pelos de punta. Dos goles marcó el PSV ante una hinchada entregada y feliz. Pero este Milan tiene la indiscutible calidad de guardar siempre una bala para el final. Ya lo demostró en el Meazza. En lugar de Tomasson, fue Ambrosini esta noche quien estuvo en el sitio justo en el momento oportuno, y no perdonó. Muy solo estaba, eso sí, por ponerle un pero a la actuación del PSV.
Incluso después de tan tremendo mazazo, tuvo el anfitrión agallas para volcarse al ataque (olé sus huevos) y meter otro gol (Cocu, de nuevo), volviendo a ponernos a todos los milanistas el corazón en un puño. Pero hasta aquí podíamos llegar. ¿Lo habéis pasado bien? Lo celebro. Pero en Estambul estará el Diablo, en una final de Copa de Europa por décima vez en su historia. Con la esperanza de que juegue mejor. Y si no ganara, pues habrá perdido Berlusconi. Recuerden: el que no se consuela es porque no quiere.

martes, mayo 03, 2005

Champions'05_5

CUARTOS DE FINAL DE LIGA DE CAMPEONES – 5

Mi querido Diablo tiene ya pie y medio en el avión a Estambul. Tras eliminar a dos equipos franceses de segunda fila en el panorama europeo, esto es, Mónaco y OL (aunque creo que el segundo pagó la novatada y podía dar más de sí), el PSV se dio de bruces con la realidad de la manera más cruda. Perder no mola nunca, pero menos aún cuando llegas incluso a rozar con los dedos la posibilidad de tener una oportunidad de meterte en la eliminatoria gracias a un empate en San Siro. En lugar del 1-1 llegó puntualmente el 2-0, que se me antoja casi definitivo, visto lo visto.
El Milan no jugó un buen partido; sobre todo jugó una mala segunda parte defensivamente hablando. Pirlo no apareció en todo el encuentro, y hoy por hoy el Milan depende mucho de la prestación de su cerebro. Ancelotti pudo sacar un once casi titular. Sólo faltaba Nesta, que es uno de los mejores centrales de Europa. Ahora, yo no sé con quién podía contar el míster, es decir, cuáles eran las bajas por sanción o lesión. Pero me parece que otra posibilidad podía haber sido la de dejar a Maldini en su banda y poner en el centro de la defensa a Costacurta, que es central de nacimiento. En realidad, tengo para mí que como central Maldini no vale ni la tercera parte de lo que es como lateral. El martes bajó muchísimo su rendimiento en la segunda parte (tras una primera parte muy buena, por cierto) y la defensa empezó a conceder demasiado. Entendámonos: el PSV no tuvo ninguna ocasión de gol clara, lo que se dice un gol cantado, como sí la tuvo, por ejemplo, Lampard en la primera parte de Stamford Bridge. Pero sí tiró a puerta en varias ocasiones, causando más de un sobresalto a la afición rossonera y arrancando algún que otro gritito a mi amiga Elisabetta, que vio el partido conmigo. La zaga milanista pareció en cambio tomárselo con mucha calma, casi con autosuficiencia; parecían saber que a ellos esas cosas de recibir un gol en casa no les iba a pasar. A los delanteros del PSV, sobre todo a los coreanos, debió de pasarle el exacto contrario. Hay situaciones que dan vértigo si no se está acostumbrado a ellas: tirar a puerta sabiendo que si la metes tu equipo puede empatar en San Siro ante el Milan y volver a contar para la final de la Copa de Europa es una de ellas. Cosas del blasón, del miedo escénico, de la “sudditanza psicologica”. Por ello yo (que soy milanista) estaba bastante confiado, y – lo juro – le dije a Elisabetta que tranquila, que si acaso íbamos a meterles nosotros el segundo a la primera ocasión. Y por una vez, acerté. He leído y escuchado sandeces acerca de no sé qué de suerte del campeón. Ni suerte ni hostias. El PSV hizo lo mínimo que cabe esperar de un semifinalista. Pero Dida no hizo ningún milagro; es más, en una ocasión fue el portero brasileño quien estuvo a punto de liarla. El Milan fue superior de cabo a rabo, y arriba fue efectivo, letal. Y esto, hasta que se demuestre lo contrario, es una cualidad. Una de las muchas que adornan al (en mi pronóstico) futuro heptacampeón de Europa.
La otra semifinal enfrentaba a dos equipos ingleses, uno de los cuales está a punto de proclamarse campeón de la Primera Liga mientras que el otro navega unos 30 puntos más atrás. El pronóstico se me antojaba bastante fácil antes del comienzo de las hostilidades en Stamford Bridge. El Chelsea es superior. ¿Qué pasó, entonces? Primero, que un derbi es un derbi; y, segundo, que el Liverpool lleva en sus cromosomas los genes de los grandes de Europa y se mueve con desparpajo a estas alturas de la competición. Al Chelsea, en cambio, puede que le diera algo de vértigo. El caso es que no dio esa sensación de poderío que todos recibimos viendo sus partidos contra el Barcelona y el Bayern. Tuvo Lampard, como dicho, una gran ocasión, y puede que después de la vuelta en Anfield se acuerde amargamente de aquella jugada. Las espadas, desde luego, están en todo lo alto.
Dijo Mourinho antes del choque que la contienda se resolvería en Liverpool. Tenía razón. Y es que el reglamento UEFA tiene estas cosas, como que un empate a cero en el partido de ida puede satisfacer a ambos: uno se alegra por no haber perdido fuera de su estadio; el otro, por el hecho de que un empate con goles en el partido de vuelta le dará el pase a la ronda siguiente.
El Chelsea cuenta de entrada con un once mucho mejor que el de los Reds. A Terry y Carbalho, Makelele y Lampard, Drogba y Cole, los de Anfield responden con una gran pareja central (Carragher y Hyypia), Gerrard – por supuesto – y poco más. Cissé sale de una lesión y empezó en el banquillo. Luis García es un buen volante, pero no un fuera de serie. Alonso en el centro organiza y reparte, pero no tiene el dinamismo de un – pongamos – Xavi ni el poderío del propio Lampard.
El partido estuvo vibrante y divertido, como no podía ser de otra manera. A partir de cierto momento los dos equipos empezaron a preocuparse más por mantener su portería a cero que por marcar un gol en la contraria. Y así terminó. Yo lo pasé bien. Y sigo pensando que el Chelsea llegará a Estambul.
Lo peor de la tarde, por encima incluso del Dúo Dinámico de comentaristas de TVE (lamentables, como siempre), la calamitosa retransmisión del realizador inglés, empeñado en mostrarnos cuatro o cinco repeticiones de cualquier tontería, cualquier falta, cualquier tirito a puerta, mientras el partido seguía. Yo me pregunto si de verdad el telespectador medio es tan imbécil como para preferir ver una y otra vez algo que ya ha visto antes que seguir el juego en directo. No sé. Me parece de cajón. Y para repeticiones y moviolas, pues habrá tiempo (debería haberlo) después del partido, como hacen en Canal Plus. La televisión es un gran invento, pero en esto del fútbol debería limitarse a imitar lo mejor posible lo que es el espectáculo en el estadio, con alguna concesión para unos cuantos primeros planos. Y, en cambio, hete aquí toda una cohorte de realizadores “creativos” que consideran más interesante ver lo que hace un entrenador en el banquillo, un aficionado en la grada o las dichosas repeticiones antes que el juego en sí. Y los que queremos ver el partido, a fastidiarnos.

domingo, abril 24, 2005

A propósito de Maldini. 1

Leí hace unos meses que un famoso pianista contemporáneo presume ser alumno nada menos que de... ¡Beethoven! Sí – explicaba poco más o menos -, a mí me enseñó a tocar un alumno de un alumno de un alumno... del genio de Bonn. No sé cuántas generaciones de pianistas había entre uno y otro, pero resulta sugerente la idea de que algunas de las enseñanzas de aquél hayan pasado de una forma u otra a través del tiempo y vivan hoy en el oído y las manos de este moderno virtuoso.
Ejem (carraspeo necesario antes de introducir un paralelismo que a algunos podría parecer poco menos que sacrílego): viendo a Paolo Maldini jugar el partidazo que jugó contra la Inter, hace unas semanas, se me ocurrió que de alguna manera en él perviven gestos, enseñanzas, cosas de grandes campeones de hace unas cuantas generaciones.
Hombre, de entrada, Maldini es hijo de Cesare, “un florete en la defensa” (así le definió Gianni Brera en su libro “I campioni vi insegnano il calcio”), el primer italiano en levantar la Copa de Europa (Wembley 1963, Milan-Benfica 2-1). Maldini padre fue internacional y más tarde seleccionador nacional, después de Sacchi y antes que Zoff, y estaba a cargo de la Nazionale cuando el mundial de Francia, en 1998. Y por supuesto seleccionó a su hijo. Pero, como es natural, padre e hijo nunca jugaron juntos, no pudiéndose producir, pues, ese aprendizaje al que me refiero, aquél que sólo puede haber entre compañeros de equipo; esa enseñanza hecha fundamentalmente de ejemplo, por un lado, y espíritu mimético, por el otro.
Maldini es el actual capitán del A.C. Milan. Me acuerdo de él con dieciocho años aniquilando a Míchel primero en el Bernabéu y después en el inolvidable 5-0 de San Siro. Un crío. ¿De quién recibiría el valioso brazalete años más tarde? Nada menos que de Franco Baresi, al lado del cual ha ganado tres Copas de Europa.
Cuando abanderó la epopeya del Milan de Sacchi, Baresi ya estaba curtido en unas cuantas batallas. Por poner un ejemplo, había ganado nada menos que un Campeonato Mundial siete años antes. Entonces su sitio en el campo lo ocupaba el gran Gaetano Scirea; pero Baresi fue uno de los veintidós en el Mundial de España 82 (llevaba concretamente el número 2), aunque, eso sí, no jugó ni un solo minuto.
Teniendo más o menos los años del Maldini que eliminó al Madrid de Míchel, Butragueño y Hugo Sánchez, Baresi participó en la temporada 1978-79 en la consecución de la décima liga del Milan, la que dio derecho al club – por fin – a coser en la mítica zamarra rojinegra la estrella dorada de los diez scudettos. “Il Milan della Stella”, así se le conoce. La parroquia milanista le apodaba “El Picinin”, esto es, el Chavalín. Por supuesto que en aquel entonces el brazalete no lo llevaba Baresi. ¿Quién, entonces? Pues nada menos que Gianni Rivera, probablemente el mejor jugador italiano de la era moderna, santo y seña de unas cuantas generaciones de milanistas e internacional por Italia en la friolera de cuatro mundiales (Chile, Inglaterra, México y Alemania).
Y Gianni Rivera – al margen de ser un hijo predilecto de los dioses: debutó en Serie A con dieciséis años – aprendió el oficio en el Milan de Juan Alberto Schiaffino (en opinión del citado Brera, el mejor jugador de todos los tiempos), es decir, del líder de la Selección uruguaya que había ganado el Mundial de 1950 en Brasil, cuando el famoso “maracanazo”.
¡Vaya un árbol genealógico de monstruos!
Contra la Inter, la otra noche, Maldini recuperaba balones con asombrosa facilidad, los distribuía con tino, corría la banda como un chavalín; hacía, en fin, lo que ha hecho durante tantos años con la soltura, la elegancia y la precisión de siempre. Y yo, viéndole, me preguntaba a quién dejará él el brazalete del Milan cuando se retire. Y no encontraba respuesta. Por supuesto, alguien se hará cargo de tan pesada herencia, pero no será lo mismo, porque en el Milan, aparte de él y Costacurta, que es aún mayor, no hay ningún jugador de ese tipo. Maldini es, como lo fueron su padre Cesare, Baresi o Rivera, uno de esos jugadores cuyo historial se entrecruza indisolublemente con los avatares de un club y de uno sólo. Antes había muchos de éstos, en Italia y en todo el mundo. Hoy ya no. Uno que hasta la fecha ha sido fiel a sus colores de toda la vida es Francesco Totti, pero, en vista de cómo va la Roma, lo más probable es que muy pronto deje la Ciudad Eterna camino de un gran club. Reconozco que sería una pena que Totti se quedara hasta el final en un equipo mediocre (una pena para él y para nosotros), cuando al lado de otros figuras podría obviamente hacer grandes cosas. Pero qué diferencia con respecto a otro grande-en-equipo-menor como Giancarlo Antognoni, que se pasó toda su carrera en la Fiorentina, con la que nunca ganó nada. Roberto Baggio – por poner el ejemplo de otro fuera de serie – jugó en Vicenza, Fiorentina, Juventus, Milan, Inter y Brescia.
El fútbol ha cambiado muchísimo, sobre todo a partir de los 90, y hoy son realmente contados los canteranos que triunfan en el equipo que les crió. ¿Está bien? ¿Está mal? Da un poco igual: es así, y no creo que haya mucho que hacer. Nos guste o no, esto es un gran negocio, y en los mejores clubes, los más ricos, juegan los mejores. Y no cabe duda de que, visto así, es justo que así sea. Recuerdo al sindicato de los futbolistas españoles, liderado entonces por Sanchís, reivindicando un cupo para jugadores nacionales en los clubes de fútbol profesional. Obviamente, nunca se hizo nada de aquello.
Así pues, me sonó muy raro cuando leí el viernes pasado que la UEFA va a exigir a los clubes “al menos dos canteranos en sus plantillas” a partir de la temporada 2006/2007 y cuatro a partir de la 2008/2009. ¿Qué sentido tiene? Es como si se quisiera imponer por narices a las grandes empresas que al menos dos puestos de directivo los ocupen miembros de la familia fundadora, para darle al asunto un toque más romántico y humano. Mire usted, a mi gente la quiero mucho, pero a nadie se le da bien esto de los negocios.
Francamente, no creo que esta idea prospere; creo que a la primera ocasión los grandes clubes – eso del G-14 o cuántos sean -, que son los que mandan, impugnarán la norma y harán, como es lógico, lo que les da la gana. No creo que un jugador, por el mero hecho de ser italiano, tenga derecho a jugar en Serie A, ni un inglés en la Premier o un español en la Liga de las Estrellas. Cada uno juega donde le corresponde dentro de un escalafón que ya no es nacional sino mundial. Y si un italiano chupa banquillo en su tierra querrá decir que otros (italianos, comunitarios o extracomunitarios que sean) son mejores; y sólo le quedan dos opciones: aguantarse o irse a jugar a otro país, cobrando, por supuesto, muchísimo menos. Así de claro y así de “duro”.

viernes, abril 22, 2005

Habemus Papam

Tras la elección del nuevo papa titulaba el periódico italiano Il Manifesto (uno de los pocos legibles en Berluscolandia) “Il pastore tedesco”, con un juego de palabras algo irreverente que me hizo bastante gracia. “El pastor alemán”. Y es que durante el pontificado de Wojtila, Ratzinger fue indudablemente el perro guardián de lo más rancio y cerrado de la Iglesia católica, enemigo de toda renovación y campeón de todo aquello que hace que tanta gente se aleje de esta institución llegando a veces a detestarla. Si en Europa el agnosticismo se está difundiendo imparable (una razón más para sentirme orgulloso de ser europeo), en otros continentes el catolicismo pierde adeptos días tras días a favor de otras ramas del cristianismo e incluso de otras religiones, como el budismo.
Guiada por tipos como Ratzinger, la Iglesia de Roma lleva décadas empecinada en defender posturas anacrónicas y risibles, que además tienen el defecto de no tener nada que ver con lo que Jesús predicara en su momento.
En cuanto a Juan Pablo II, desde luego, no soy quién para intentar un balance de su pontificado. Sí para decir que jamás me cayó bien, que fue demasiado mediático para mi gusto y que hizo demasiado poco para “actualizar” la Iglesia, si consideramos que tuvo muchísimo tiempo para hacerlo. Tal vez, en vista de cómo acabó su predecesor, decidió mantener una postura más prudente y no poner orden, por ejemplo, en las finanzas vaticanas, que deben de estar llenas de capítulos muy poco santos.
Me hace gracia – eso sí – cuando oigo decir que fue un gran Papa porque “condenó la guerra”. ¡No te fastidia! ¿Qué otra cosa podía hacer uno que dice ser el Vicario de Cristo en la Tierra? Sólo faltaba que la apoyara. Pero es que ahí también no fue hasta el final, desaprovechando una excelente oportunidad para utilizar positivamente su influencia en la opinión pública (total, si le quedaban dos telediarios). Es decir, si condenó la guerra como hizo, ¿por qué no excomulgó al señor Bush? ¿Por qué recibió poco después al señor Aznar aquí en Madrid? Pues no. Los que no pueden recibir la Eucaristía son los divorciados y las divorciadas, por poner un ejemplo de cómo va esta Iglesia.
En su homilía cuando la misa “Pro Eligiendo Pontifice”, el ahora Papa fue tan duro con todo aquello que se aparta aunque sea un pelín de la ortodoxia romana como para hacer pensar a muchos comentaristas que con tanta intransigencia quisiera renunciar implícitamente a ser candidato. En plan: “a mí no me elijáis porque mirad cómo me las gasto”. Ahora, lo que pasó en el Cónclave sólo lo saben los cardenales. Desde luego su elección debió de ser un mazazo para cuantos esperaban un papa más aperturista.
Dicen que lo de ser papa cambia a la gente; que Roncalli (Juan XXIII) llegó al solio de Pedro con fama de conservador y fue y convocó un concilio; que a Montini (Pablo VI) le pasó el exacto contrario. Ya veremos qué pasa con éste. También dicen que su salud es frágil y que no durará muchísimo.
Aunque, personalmente, lo que digan o dejen de decir los papas me da un poco lo mismo, sé que para muchísima gente a mi alrededor no es así; luego me interesa y mucho saber qué clase de inquilino vamos a tener en San Pedro durante los próximos años. Máxime en una época en que, a falta de grandes alternativas en lo político y en lo económico, los temas sociales cobran una importancia mucho mayor. Y en lo social es precisamente donde lo que diga y haga Roma puede tener gran trascendencia para todo el mundo, esto es, para creyentes y no creyentes.