Nereo Rosso habla de fútbol (y otras cosas)

domingo, abril 17, 2005

El tren a Valencia

Hace como quince años empezó su andadura una excelente generación de futbolistas colombianos que protagonizaron un par de mundiales de muy buen nivel, además del sonadísimo 0-6 a Argentina en una clasificación mundialista. Casi todos – como es lógico – recalaron tarde o temprano en España. El abanderado de aquella generación fue el Gullit blanco, Valderrama, todo un icono del balompié colombiano, que jugó en el Valladolid y fue protagonista pasivo malgré lui del famoso episodio de la tocadita de huevos por parte de Michel, el actual Señor Calidad de TVE. Luego estaban Rincón, que jugó en el Madrid sin mucho éxito; Higuita, un portero apenas discreto que se hizo famoso por su comportamiento indecente en los terrenos de juego; y Valencia, apodado el Tren, que jugó en el Atlético de Madrid, y al que Gil se refirió en una ocasión llamándole "ese negro muerto de hambre". Para que después quieran dedicarle la glorieta de Pirámides.
Me acordé de Valderrama y su pandilla al escribir el título del presente escrito. En realidad no pensaba hablar del Tren Valencia, sino precisamente del tren a Valencia, el que cogí yo el jueves por la tarde. Y lo voy a hacer.
Puntualísimo como siempre, el tren sale a las 19,00. Llegará a Valencia tres horas y media después (pasa por Albacete). Es mucho tiempo, si se considera que en coche, aún respetando los límites de velocidad (lo que nadie hace, por cierto, y así nos va), se llegaría antes. Pero en el tren uno puede aprovechar el tiempo para hacer otras cosas. Así pues, hasta Albacete, termino de leer el periódico; repaso la documentación para la reunión de mañana, intento dormir un poquito; la película que Renfe me propone es un insoportable bodrio yanqui al que renuncio a los tres minutos. Como todos sabemos, en los trenes ya no se puede fumar. Dice que porque puede molestar a los demás. Yo soy fumador, pero también persona civilizada y acato las normas. Claro, se me hace un poco largo. El Código Penal no prohíbe fumar; es más, el propio Estado saca una tajada importante de los impuestos que los fumadores pagamos; pero en los trenes ya no se puede.
El chaval sentado a mi lado escucha en sus cascos una música insoportable a todo volumen. Me llega a mi pesar. Debería estar prohibido, porque molesta, pero no lo está. Dos niños un poco más adelante no paran de chillar y dar la lata. Debería estar prohibido, porque molesta, pero no lo está. Todos los móviles, a pesar de las recomendaciones de la azafata, suenan altísimos, y todo el mundo tarda un montón en cogerlos, no sé por qué. Debería estar prohibido, porque molesta, pero no lo está. La chica detrás de mí no para de comer pipas. Implacable, cada diez segundos: crunch... crunch... crunch... y encima apesta. Debería estar prohibido, porque molesta, pero no lo está. Alguien se ha quitado los zapatos y le huelen los pies. Debería estar prohibido, porque molesta, pero no lo está. Yo, en cambio, no puedo fumar. Porque – dice – molesta. No puedo fumar en ninguna parte, ni en la cafetería, ni entre un vagón y otro. Obviamente todo se me hace aún más insoportable. Los últimos 45 minutos son los más largos de mi vida. Más aún que aquel segundo tiempo defendiendo (con éxito) el 0-1 en casa del líder. Me acuerdo de Max Aub y sus Delitos ejemplares: toda esa gente se me hace merecedora de la más espantosa de las muertes. Todos ellos y el que prohibió fumar en los trenes. Para que luego digan que deberíamos utilizar más el transporte público. En coche fumaría (a los conductores sí debería estar prohibido, por razones de seguridad vial, pero ni se les ocurre), cantaría, escucharía mi música, pararía cuando me apeteciera. La próxima vez me lo voy a pensar.

1 Comentarios:

At 10:37 AM, Blogger Roberto Iza Valdes said...

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