Madrid-Barça
Iba yo a comentar en este foro el Gran Clásico del domingo con mi mejor intención, cuando hete aquí que ayer hablé con un conocido (buena persona y madridista para más señas) y cuando empecé a contarle mis opiniones sobre el partido noté que me miraba como si con esa misma seriedad le estuviera hablando de los Reyes Magos. Pronto me expresó sus dudas acerca de la autenticidad del choque y me preguntó si pensaba que un hombre como Pérez, que ha convertido la máxima institución deportiva española en una empresa vendedora de camisetas y mercadotencnia variada, si ese mercader al que sólo el otro tipejo del Berlusconi puede hacer sombra en cuanto a labor de desnaturalización del fútbol, podía permitirse el lujo de no ganar el partido. “A ver quién iba a comprar entradas y camisetas de aquí al final de temporada”, me soltó el conocido. Me quedé perplejo en mi ingenuidad y pensé que en efecto hubiese sido un buen palo para la entidad, ya apeada de Liga de Campeones y Copa del Rey, renunciar definitivamente a la Liga a comienzos del mes de abril, a falta todavía de siete jornadas.
Ajeno a cavilaciones siniestras por la mera razón de que el día en que se abran camino en mi corazón dudas de este tipo dejaré de ver el fútbol, renunciando así a disfrutar del mejor espectáculo jamás inventado por el ser humano (y mira que me gusta la ópera), me limitaré a decir en dos palabras lo que me pareció el partido en sí, dejando a los partidarios del “piensa mal y acertarás” consideraciones de otro tipo.
Para empezar un comentario estético. Hacía mucho que no veía en televisión un partido de fútbol que (por lo menos) empezara con luz natural. Y me acordé de que es mucho más bonito. El fútbol es un deporte muy “natural”, en el sentido de que se juega al aire libre y directamente sobre la Madre Tierra, aunque convenientemente acondicionada. El sol me parece la fuente de iluminación más apropiada. En Italia, mi país de origen, hasta hace unos años todos los partidos de todas las ligas se jugaban siempre a la luz del sol y empezaban todos a la misma hora. Algo así como un ritual que aunaba a superestrellas de la Serie A y aficionados de Regional (como yo). Por ello en lo más crudo del invierno todos empezábamos a las dos y media de la tarde: Antognoni y yo, Gianni Rivera y mi compañero Teto Ballarin, al que llamábamos justamente “Rivera” por sus inmensas cualidades técnicas. Después, ya se sabe, las televisiones y el negocio entraron con su delicadeza acostumbrada en este mundo y ahora se juega a cualquier hora, unos antes que otros y cosas así. Lo de la luz artificial, eso de los partidos in notturna, estaba reservado a las grandes citas europeas que, al disputarse en días laborables, exigían como es lógico un cambio de horario. Pero era como otra cosa, una noche de gala, algo con otro sello y otro espíritu. La historia de la Copa de Europa se ha escrito a la luz de los focos y está bien así. Pero el campeonato de Liga a mí me gustaría que se jugara a la luz del sol. Ya sé, a mí me gustarían tantas cosas...
En fin. El Madrid-Barça. Alguien dirá que esa clase de partido “crea afición” y puede que así sea. Los partidos con muchos goles suelen ser vibrantes, emocionantes, palpitantes, y la gente lo pasa bien. Ahora bien, los que celebran lo abundante de la cosecha goleadora de sus equipos parecen olvidar con cierta ligereza que la ineptitud de sus defensas es directamente proporcional a aquélla. En el Bernabéu los dos equipos parecían jugar a quién defiende peor. Al Barça – ya lo vimos en Londres hace algunas semanas – le pillan a la contra con una facilidad desesperante; el Madrid, por su parte, defiende que parece un equipo de futbolín: los jugadores se colocan, es cierto, delante de sus contrarios, pero les dejan como una distancia de cortesía, no vayan a atosigarles durante su producción artística. Resultaba curioso ver con qué facilidad los delanteros azulgranas recibían el balón dentro del área grande, lo controlaban, lo volvían a jugar para otro compañero, remataban. Menos mal que estaba Casillas, que si no ahora mismo no tendríamos liga, sino un campeón virtualmente coronado. Puede que a muchos les gustara el partido, pero todo el segundo tiempo se jugó de forma alocada, saltándose el mediocampo como en un partido de waterpolo. Como suele decirse, un partido roto, pero roto mucho antes de lo deseable. No me gustó. Aunque sí hubo cosas reseñables y bonitas. Por ejemplo, el gol de Eto’o. Este señor tiene los movimientos de un guepardo; fue francamente bonito ver cómo se lanzaba sobre ese balón suelto, se lo acomodaba con un toque y extendía la derecha para ganarle un tiempo (como en el ajedrez) tanto a Roberto Carlos, que llegaba a la desesperada intentando remediar a los errores ajenos, como a Casillas, que salió a tiempo (no como haría su colega del otro bando en el gol de Owen). También fue muy bonita la internada del mismo Roberto Carlos en el tercer gol, el de Raúl; me gustó mucho cómo metió el cuerpo para dejar fuera de juego a Xavi y poder centrar a gusto. Una jugada muy bella, toda ella; eso sí, ante un Barcelona bastante pasivo. Roberto Carlos pareció el de sus mejores años. Y el propio Raúl marcó un gol de esos a los que nos tenía acostumbrados hace tiempo.
Otras cositas sueltas. Gravesen tal vez no valga Makelele, pero siempre me ha parecido uno de los mejores jugadores daneses. Su fichaje ha sido uno de los pocos actos sensatos del Madrid en estos últimos años. Sin él posiblemente hace mucho que el equipo se hubiera hundido hasta la mitad de la tabla.
Pavón no da la talla. Vean si no su comportamiento con ocasión del ya citado gol de Eto’o: está con él, en efecto, hasta que el camerunés la suelta; luego se queda mirando. Eto’o, no: sigue la jugada, y cuando brinca sobre el cuero Pavón está dos metros atrás, contemplando. La baja de Eto’o, por cierto, se me antoja muy importante de cara a estos últimos partidos.
En definitiva, todavía no habemus papam, pero queda ligam. A disfrutarla pues.

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