Champions'05_6
El que no se consuela es porque no quiere. Lo pensaba de mí mismo cuando me sorprendí viendo el lado bueno de haber errado mi pronóstico sobre la semifinal inglesa de Liga de Campeones. “Qué bonito es el fútbol – pensé – que siempre sabe sorprenderte y dejarte enseñanzas nuevas”. Pensé en su momento que el Chelsea accedería a la final de Estambul eliminando a la Juventus, en cambio ha sido el Liverpool quien ha echado a la cuneta primero a la Vecchia Signora y después al Chelsea.
Dije hace unas fechas que, visto como han jugado este año en Europa, llamaba la atención el hecho de que Milan y Juventus estuvieran empatados a puntos en la Serie A. Lo mismo, pero al revés, podría decirse después de ver el doble enfrentamiento entre Liverpool y Chelsea; es decir, que cuesta creer que los de Londres les saquen más de treinta puntos a los Reds. Más datos. Esta temporada ambos equipos se habían enfrentado dos veces en la Premier y una en la Copa de Liga, y siempre ha ganado el Chelsea; luego vino el partido de ida que, como sabemos, acabó en tablas (0-0). Ayer Anfield vivió una noche mágica y aupó a su equipo hacia la gloria, sosteniéndole literalmente en los momentos más difíciles, que por cierto no fueron muchísimos.
Una primera clave para entender lo que pasó podría ser que el Chelsea tiene un once inicial muy bueno pero una plantilla insuficiente. Entre Huth y Johnson, ambos mediocres, Mourinho eligió a Geremi para el lateral derecho. El ex madridista estuvo mejor que sus compañeros, pero tiene sus limitaciones. Llegado el momento de los cambios, entraron Kezman y Robben; el primero, es bastante malo; el segundo, dicen, sale de una lesión, pero a mí me parece el típico jugador seudobueno, de esos que perjudican al equipo más aún que los malos, pues se creen llamados a hacer algo memorable cada vez que la tocan (ejemplos inmejorables de esta clase de futbolista fueron Prosinecki y el Burrito Ortega, al que debe Argentina el rotundo y aparentemente inexplicable fracaso en el Mundial de 2002). Para mí Robben hundió aún más las ya reducidas posibilidades de su equipo, ralentizando las jugadas en busca de un golpe de efecto que por supuesto no llegó.
El bueno de Benítez, por su parte, recuperaba al internacional alemán Hamann, que tiene cara de empleado del catastro y pone orden en la media. Jugó un muy buen partido, pero no pudo llegar hasta el final. Aún así, sobre el papel, el Chelsea seguía siendo superior, ya que por otra parte al Liverpool le faltaba Alonso. Pero lo bueno de estas eliminatorias es que eso no vale de nada. Hay que demostrar la supuesta superioridad no a lo largo de nueve meses de competición, sino allí y en ese momento. El Chelsea no lo supo hacer ni en la ida ni en la vuelta.
Curiosamente, la primera parte sólo duró cinco minutos. O tal vez no, pero a mí me lo pareció de puro entretenida. Nada más salir del vestuario Luis García metió ese gol tan raro. Lo que dice Segurola en “El País”, o sea que “el penalti anula la ley de la ventaja”, es una tontería como una casa: miles de veces no se ha pitado un penalti porque el balón estaba a punto de entrar. ¿Qué tenía que haber hecho el árbitro, conceder el penalti? ¿Y si luego lo hubieran fallado, no hubiese sido mayor ventaja dejar seguir la jugada? Ya, pero ¿y si no hubiera entrado? Mejor dicho, ¿si el gol no hubiera subido al marcador? Y aparte, ¿no debió acaso expulsar igualmente al portero a pesar de no haber pitado la falta? Lo cierto es que el eslovaco engominado tuvo que tomar una decisión dificilísima en unas décimas de segundo, y que al final se hizo más o menos justicia. A partir de ahí el Chelsea empujó con mucho corazón mas pocas ideas claras, recurriendo constantemente al pelotazo al área. Defender ante esta clase de ataque no es lo más difícil del mundo; el Liverpool lo hizo bastante bien, aunque después perdía el balón con desconcertante rapidez. Hizo lo suyo, el equipo de casa, que no es precisamente un dream team.
Por su parte, lo mejor que tiene el Chelsea es la contra, pero después del 1-0 a ver quién le iba a conceder espacios. El Liverpool, no. Y ante un equipo cerrado los de Mourinho demostraron importantes carencias. En este sentido el Chelsea me defraudó, porque le suponía otras virtudes y algunas modalidades alternativas en la forma de atacar que no fueran el pelotazo a Drogba, que tan buenos resultados le había dado en anteriores ocasiones. Y es que no todos los días es domingo ni se tiene en frente a una defensa como la del Bayern. El Liverpool ese libreto lo conoce muy bien. Una vez más sobresalieron sus dos centrales, sobre todo, en esta ocasión, Carragher. En cuanto al óptimo Hyypia, me parece un poco una crueldad que un jugador tan bueno sea finlandés. No quiero decir que ser finlandés sea malo, faltaría más. Pero así nunca podrá participar (no digamos ya ganar) en una gran competición por equipos nacionales, que es lo mejor de este mundo. Lo mismo le pasaba a Litmanen o a Weah; lo mismo le pasa ahora a Shevchenko, aunque parece que esta vez Ucrania tiene opciones para llegar al Mundial de Alemania.
De todas formas, a la postre el gol del español García decidió la contienda. No creo que el Chelsea fuera culpable de relajación a raíz de la consecución del título de liga hace apenas unos días. Aunque puede ser. Ahora, seguro que Lampard se acuerda de la ocasión que falló en Stamford Bridge. Lo siento por mi amigo El Guiri, acérrimo chelsófilo. El año que viene, a intentarlo otra vez.
Mourinho, él ya consiguió dos entorchados en su primera temporada en Londres y puede darse por satisfecho. Estuve en Oporto el verano pasado con ocasión de la Eurocopa y los lugareños me comentaban que ese mal rollo que se apreciaba al final de la gloriosa temporada entre futbolistas y entrenador (el propio Mourinho) se debía a que éste había contraído el desagradable hábito de tirarse a las esposas de sus jugadores. A saber qué va a pasar ahora, si el guaperas sigue en Londres o se va a follar, digo, a entrenar a otra parte. Pero éstos son comentarios indignos de mí y más propios de la prensa amarilla. Pido perdón.
Dos cositas más acerca del partido de Anfield. Ya sabemos que el Liverpool lo entrena un español, que más españoles (bueno, habrá que ver hasta qué punto se siente español Xabi Alonso, pero es asunto suyo) juegan allí, incluso que uno de ellos metió el gol decisivo; es lógico que, puestos a elegir, los españoles prefirieran que ganara el equipo anfitrión. Pero de ahí a celebrar la victoria como si se tratara del Madrid o del Barcelona, hay un abismo. Parece que el aficionado medio no es capaz de ver un partido de fútbol sin tomar partido y colocarse idealmente la camiseta de uno de los dos equipos, así jueguen Corea contra Camerún, que ya me dirás tú que más le da a uno. Huérfanos de sus representantes en una fase relativamente precoz del torneo, en comparación con los resultados de las últimas temporadas (lo que todavía no han digerido del todo), los futboleros de España parecen ahora volcarse con el Liverpool. Vi el partido de ayer en un bar, y llegué a creer que estaba en Liverpool. Me parece una actitud que va más allá del simple chovinismo y se sitúa de lleno en el terreno del paletismo más cerril. Por cierto, también podrían desearles lo peor, justamente por jugar fuera de su país. Pero los mecanismos de ciertos cerebros humanos a veces son realmente difíciles de entender. Ahora estarán encantados por tener a un puñado de compatriotas en la final. Lo dicho: el que no se consuela es porque no quiere. Aluciné, por poner otro ejemplo, hace unos días, cuando un aficionado español me dijo que prefiere que el Milan no gane la Copa de Europa, no porque le caiga especialmente mal, sino porque no quiere que se acerque, con siete, a las nueve Copas del Madrid. Y se quedó tan ancho. ¿Cabe imaginar mayor paletez?
También manda a huevos la crónica del partido del Segurola, hoy en “El País”. Segurola es un fanático de Inglaterra (y me parece muy bien) y en concreto, me parece entender, del norte obrero. Fan acérrimo de The Beatles (como yo mismo, por cierto), todo lo que viene de allí arriba le parece fenomenal. Desde luego, no es el fútbol que más le gusta, pero le reconoce una grandeza especial y, desde luego, le fascina. Lo cual, repito, me parece comprensible incluso en un periodista, una profesión que, en mi opinión, exigiría mayor imparcialidad. Pero es su debilidad, qué se le va a hacer. Hete aquí, sin embargo, que todo lo que anoche fue grandeza, heroicidad, épica, historia, ambientazo y todo lo demás, se torna en racanería y perfidia cuando ese mismo partido lo juega un equipo italiano. Y si no, a ver qué dice mañana sobre el partido de Eindhoven. El Liverpool metió su gol y se dedicó a defenderlo. De cajón. Montó la barricada, puñal entre los dientes, y a aguantar. Épico, nada que objetar. Pero si llega a hacer lo mismo la Juve o el Milan ya estamos con el horror, el antifútbol, la mezquindad, la marrullería, la suerte, los árbitros y un largo etcétera. No digamos ya si en frente está su adorado Madrid u otro equipo que le caiga mejor que los transalpinos (o sea, todos). ¿Juicio de intenciones? Pues no: allí están las tantas y tantas crónicas sesgadas y sectarias de este señor que los italianos e italianistas hemos tenido que soportar a lo largo de todos estos años.
Segurola es de esa clase de periodistas que tiene una y una sola idea de fútbol en la cabeza. En plan “le futbol c’est moi”. Si el equipo que más se acerca a su filosofía gana, mejor que mejor: se hace “justicia”, “gana el fútbol” y otras sandeces. Si pierde, pues entonces a echar bilis y a despotricar sobre lo cruel de este juego, lo injusto del resultado, la dichosa "suerte", lo impresentable del vencedor, máxime si es italiano o alemán.
De la misma calaña es el Dúo Dinámico de TVE: el Señor Calidad y el otro mentecato del de la Casa. Esta noche jugaban su partido de vuelta el PSV Eindhoven y el Milan, esta vez en el estadio de la Philips. Huelga decir que entre un equipo italiano y otro holandés el Dúo se pone, insultante y descaradamente, del lado del holandés. Dios sabe por qué. Sin disimulo alguno, los dos tipejos celebraron los goles del PSV como si fueran de la Selección española; cuando marcó Ambrosini casi se echan a llorar en directo. Pero no perdamos más tiempo con estos hinchas con pluma o micrófono y vayamos al partido.
El PSV volvió a sorprender a todo el mundo jugando un partido realmente excelente en todos los sentidos. Si en San Siro, sobre todo en la segunda parte, ya había demostrado que podía imponer su juego al Milan, aunque disparando sin ninguna convicción y con balas de fogueo, hoy le dio un verdadero repaso al equipo de Ancelotti. Hoy sí metió tres goles soberbios, y además Dida tuvo que sacar por lo menos un par de balones que llevaban, como suele decirse, marchamo de gol. Enhorabuena. Pasa el Milan únicamente por aquello de haber marcado un gol fuera de casa. Esta noche saíó goleado, y el cómputo global de la eliminatoria fue de empate a tres.
El técnico italiano prefirió resguardar un poco más su defensa y sacó a Ambrosini en lugar de Crespo (o Tomasson). En mi opinión no fue una idea acertada. Ambrosini, aparte de marcar el gol decisivo, estuvo muy bien. Pero un equipo tiene su configuración y alterarla puede tener repercusiones indeseadas. Esta noche las tuvo. Cuando consiguió asentarse un poco en el terreno de juego, el Milan ya llevaba un gol en contra. El que fue una verdadera calamidad para sus colores fue Seedorf, que no parece sentir nunca ninguna camiseta. La cosa no va con él. Un mercenario. Ancelotti le sustituyó por Tomasson después del 2-0, recuperando la fisonomía natural del equipo y apartando de nuestras vistas al impresentable de Clarence.
Un comentario aparte se merece, de todas formas, lo que le hizo el delantero centro holandés, Vennegoor of Hesselink, a Maldini. El balón estaba en el aire dentro del área milanista; el holandés tenía una excelente ocasión de gol; sólo tenía que atacar la pelota de cabeza y aprovechar su propio impulso para meterla donde quisiera, haciendo probablemente mucho daño. Pues no. A quién le hizo daño fue a Maldini. Porque (mira que hay que tener fantasía) no se le ocurrió nada mejor que buscar algo así como una chilena. Claro, en lo que inclinó ese corpachón, Maldini tuvo todo el tiempo de llegar a la pelota, él sí de cabeza, como Dios manda, y despejarla. El otro zoquete no se dio por aludido y pateó la cabeza de Maldini. Milagrosamente, no le mató. Aún más milagrosamente, el Gran Capitán siguió en el terreno de juego, aunque finalmente tuvo que ceder su sitio al mediocre Kaladze. Ahora bien, si yo hubiera sido el árbitro le habría sacado dos amarillas una tras otra y le habría mandado a la caseta. La primera, por juego criminal, que no peligroso; la segunda, por contravenir a las leyes más elementales de este juego y usar los pies en lugar de la cabeza. Leso fútbol, vamos. Maldini, como dicho, se tuvo que retirar en la segunda parte. Pero desde luego no es excusa para el mal juego del Diablo.
No sé si el partido del Milan más fue tímido y miedica o simplemente displicente; el caso es que renunció a imponer su juego y a zanjar la disputa con un gol definitivo. Parecían decir “¿que queréis el balón? Pues toma. Total, tenemos dos goles de ventaja”. Muy mal. No sé hasta qué punto se acordaron los rojinegros del partido de La Coruña, hace un año. Yo sí me acordé de él durante los noventa minutos. Y, esta vez sí, me temí lo peor. Los de Hiddinck jugaron un partido generoso a la par de ordenado; salieron conjurados del vestuario e hicieron me imagino que el partido del año. Recuperaban el balón con facilidad – gracias también a la dejadez milanista – y lo administraban con tino y las mejores intenciones del mundo. Atosigaban al Milan con su presión y, recuperado el cuero con cierta facilidad, salían en tromba a un ritmo muy elevado, moviéndose muy bien sin balón y evidenciando unas condiciones técnicas realmente admirables. Claro (a posteriori): a estas alturas de la competición no llega ninguna panda de mindundis. Los extremos, estiletes; Park, un monstruo secando a Pirlo y fabricando juego; Cocu, conmovedor en el esfuerzo y certero en los remates; los dos gruesos centrales, impecables; Van Bommel, soberbio, metió al área unos centros envenenados que me ponían los pelos de punta. Dos goles marcó el PSV ante una hinchada entregada y feliz. Pero este Milan tiene la indiscutible calidad de guardar siempre una bala para el final. Ya lo demostró en el Meazza. En lugar de Tomasson, fue Ambrosini esta noche quien estuvo en el sitio justo en el momento oportuno, y no perdonó. Muy solo estaba, eso sí, por ponerle un pero a la actuación del PSV.
Incluso después de tan tremendo mazazo, tuvo el anfitrión agallas para volcarse al ataque (olé sus huevos) y meter otro gol (Cocu, de nuevo), volviendo a ponernos a todos los milanistas el corazón en un puño. Pero hasta aquí podíamos llegar. ¿Lo habéis pasado bien? Lo celebro. Pero en Estambul estará el Diablo, en una final de Copa de Europa por décima vez en su historia. Con la esperanza de que juegue mejor. Y si no ganara, pues habrá perdido Berlusconi. Recuerden: el que no se consuela es porque no quiere.

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