Nereo Rosso habla de fútbol (y otras cosas)

sábado, abril 09, 2005

Champions' 05. 2

El miércoles se jugaron los otros dos partidos de ida. El bombo quiso en su momento emparejar a los dos equipos de Milán, Milan e Internazionale, ya protagonistas hace dos años de una semifinal que los rossoneri superaron entonces tras sendos empates en los dos partidos, por el simple hecho de haber metido un gol “fuera de casa”, que en este caso, como se sabe, era también la suya. Cosas del reglamento UEFA.
Esta vez, creo, va a ser diferente. Los de Ancelotti se impusieron con cierta claridad, y el resultado final – 2-0 – debería ser suficiente de cara al partido de vuelta, sobre todo visto lo visto el otro día.
La Inter, que no pudo contar con Adriano, jugó un partido valiente y de entrada buscó más la portería rival que su oponente. Poco a poco, sin embargo, el mayor empaque del Milan se fue imponiendo y llegaron los dos goles como por ley de naturaleza.
A mí la Inter hace años que me da la sensación de estar buscando eternamente su forma de ser y jugar, un carácter bien definido. Y de no conseguir encontrarlo. Suena un poco a castigo dantesco, pero es así. Inmisericordes, los hinchas milanistas colgaron una divertidísima pancarta del segundo anillo de San Siro que rezaba “la última vez que ganasteis una liga cantaban Los Rigueria; cuando la última Copa de Europa, Nilla Pizzi”. En efecto. Los Rigueira eran los de “Vamos a la playa, oh-oh-oh-oh-oh”; Nilla Pizzi, extraordinaria cantante, ganó algunas veces el festival de Sanremo en sus albores, una de ellas con un bolero buenísimo – L’edera – que también cantaban Los Panchos (La Hiedra, no sé si antes o después que ella). Más o menos cuando en la Inter jugaban Mazzola, Corso, Facchetti, Picchi y, cómo no, Luis Suárez. Año tras año la Benamata promete volver a contar para los títulos, se gasta dinerales en extranjeros y nacionales de todo pelaje, hace soñar a sus ya desencantados tifosi y... termina en la Champions’ de milagro, a veces ni eso. Hace unas semanas Eric González (interista confeso) en su sección fija de El País del lunes (“Historias del calcio”) recordaba unos cuantos despropósitos cometidos por la Inter a lo largo de la última década. No estaba mal. Para muestra, un botón: soltar a Roberto Carlos porque no defendía bien (lo cual es una verdad como un puño) para fichar a otros laterales desconocidos que defendían peor que el brasileño y no tenían, por supuesto, su pegada. En fin, un misterio.
El Milan, en cambio, sabe lo que se hace, y lo hace muy bien. Tiene una plantilla impresionante y una forma de jugar sólida a la par de creativa e incluso divertida. En ataque puede elegir entre Schevchenko, Crespo, Tomasson o Inzaghi. Casi na’. Si Kaká no está, le reemplaza un tal Rui Costa. Y así sucesivamente. Bueno, sí: confieso que el Milan es mi equipo favorito, pero la verdad es que da gusto verles.
El miércoles pasado me sorprendió una vez más la prestación estratosférica de Paolo Maldini, de largo el mejor lateral izquierdo que yo haya visto nunca. A propósito de Maldini se me ocurren dos pensamientos que dejaré para otros momentos.
Y, por cierto, no tuerza la nariz el que me leyere porque escribo “la Inter”: en Italia todo equipo, además de personalidad y estilo, tiene sexo. El Libro de Estilo de El País afirma que por el hecho de ser squadre van todas con el femenino, pero no es verdad. La Inter es la Benamata, una chica de toda la vida, al igual que la Vecchia Signora del calcio (o dei campionati, o sea la Juventus); pero el Milan es varón (y, aparte, se pronuncia mílan, no me pregunten por qué), al igual que Genoa, Cagliari, Bologna, Brescia, Venezia, Verona y muchísimos más. Y a ver quién es el guapo que les diga a los del Torino que su equipo es hembra, llevando el Toro en el escudo.
Así que, volviendo a lo que nos ocupa, mi pronóstico es que a semifinales pase el Milan.

Es más, creo que el Milan es el más claro favorito para el título final. Y el segundo es el Chelsea, que en realidad fue muy superior al Bayern en el partido del miércoles. El Chelsea me encanta. Defiende y, sobre todo, contraataca, como un equipo italiano, tal como dejó patente en la vuelta contra el Barcelona. A la hora de atacar su propuesta es muy británica, es decir, muy elemental: pelotazo a Drogba que descarga sobre los mediocampistas, los cuales vuelven a empezar la jugada a unos veinticinco metros de la meta contraria. Alguien dirá que es un estilo trivial, pero – a mí que me perdonen – todo estilo es bueno si se sabe seguir y si se tienen los hombres adecuados para ello. Y Drogba lo es, vive Dios. Me gusta mucho la pareja de defensores centrales integrada por Terry y Carvalho, aunque este último tiende a cometer algún error a lo largo del partido. El miércoles hizo un penalti al final que volvió a abrir una eliminatoria casi sentenciada. La cara del magnífico Lampard era un poema tras el silbido final. Frank Lampard es, por cierto, uno de los mejores jugadores del continente. Lo hace todo y todo muy bien: defiende, recupera, cubre, organiza, desplaza el balón en largo con una facilidad y una precisión sorprendentes, domina el juego aéreo, remata certero. Un fuera de serie. Makelele vale su peso en oro; trabaja como una mula, roba cientos de balones y después siempre los juega con criterio. Otro gallo le cantaría al Circo Pérez (Real Madrid C.F.) si no le hubiera soltado aquella vez. Cech es un muy buen portero; Cole una constante amenaza en la banda.
Ahora, el miércoles quedó claro que el Bayern no es exactamente un modelo a seguir para defender ante una propuesta ofensiva de este tipo. Cada pelotazo largo pillaba a sus defensores descolocados. No sé cómo lo conseguían. Les hicieron la misma jugada como treinta veces, y casi siempre había peligro. Me gustaría que pasara el Chelsea, y creo que así va a ser a pesar del gol conseguido a última hora por los alemanes. No hay mucho fútbol en el Bayern. Para algunos de sus veteranos, como Lizarazu y el propio Kahn, los días mejores han pasado ya; Ballack no se dejó ver mucho en Stamford Bridge. Por lo demás el joven ese de nombre impronunciable parece poca cosa y el viejo Scholle no aguanta ya más de un tiempo, si es que llega. Evidentemente la eliminatoria sigue abierta, pero creo que la contra del Chelsea podría resolver las cosas en el Olympiastadion de Munich.

Veo pues en mi bola de cristal estas semifinales: Milan-Olympique y Juventus-Chelsea. De momento me parece suficiente mojadura, aunque en realidad me doy cuenta de que ya he adelantado mis posteriores pronósticos: final Milan-Chelsea y Milan campeón. ¡Allá queda eso!

Champions' 05. 1

Solía afirmar el gran periodista deportivo italiano Gianni Brera que sólo no se equivoca en sus pronósticos el que no se atreve a formular alguno. He aquí, pues, una excelente ocasión para hacer bueno este axioma: la Copa de Europa o, como suele decirse ahora, Liga de Campeones. El martes y miércoles pasados se disputaron los partidos de ida de los cuartos de final, a los que, por cierto, por primera vez en una década y media, no ha llegado ningún equipo español.
El Olympique de Lión dio en el primer tiempo, ante su público, un auténtico recital frente al PSV Eindhoven, que volvía a asomarse a estas alturas de la competición tras no sé cuántos años (desde que Koeman pisaba el césped, supongo). Los franceses, equipo revelación de la temporada europea, sobre todo tras arrollar al Werder Bremen, y amos y señores en su liga doméstica, basan su éxito en la disciplina táctica y un poderío físico apabullante de toda una legión de afrofranceses o africanos directos, uno de los cuales se jacta de que nadie todavía en toda su vida ha conseguido tumbarle en un choque hombro con hombro. No está mal. Luego está Juninho Pernambucano, internacional con Brasil en la última cita contra Perú, que pone orden e ideas en el mediocampo.
El PSV del polifacético Cocu se ha plantado en cuartos tras eliminar a otro equipo de la liga francesa, el Monaco, y no es gran cosa tampoco. Pero supo aguantar sabiamente el chaparrón en la primera parte limitando los daños a un golillo de nada, a la espera de tiempos mejores. Puntualmente, conforme iba transcurriendo la segunda mitad, el rendimiento del OL fue bajando considerablemente, el equipo menguó en el campo como el hombre de la película y acabó recibiendo un gol casi surrealista de Cocu. Éste se asomó al área francesa con el balón entre los pies y la determinación del viejo zorro que ve por fin llegada su ocasión, tiró un par de paredes – la primera de ellas con un contrario borracho de tanto correr - encaró y soltó un tirito envenenado que entró, si no llorando, apesadumbrado a la izquierda de Coupet, que no hizo tampoco gran cosa para lucirse un poquitín. Lo de surrealista lo digo porque, mientras todo esto ocurría, la defensa francesa se quedó absolutamente inmóvil, como petrificada; observando curiosa los acontecimientos como si la cosa no fuera con ella. Sorprendente.
A pesar de ello, francamente, el OL me parece superior en todo. No va a ser fácil ganar (o empatar a dos o más) en Holanda, sobre todo porque, mal que bien, el PSV está más acostumbrado a jugar a estos niveles, y esto cuenta mucho. Pero creo que si los franceses sacan provecho de la lección del estadio Gerland y administran mejor sus energías, puede rectificar y plantarse en semifinales, donde le esperará – según creo – el Milan. Allí ya terminará su sueño.

Algo parecido pasó en Anfield, donde Juventus y Liverpool volvían a verse las caras casi 20 años después de la tragedia del Heysel. El Liverpool salió a toque de corneta y en el minuto 24 ya tenía dos goles de ventaja (el de Luis García, realmente espectacular). Otro rival (véase el Barça en Stamford Bridge) se hubiera lanzado al ataque y hubiese acabado goleado por la contra del Liverpool. Un equipo italiano, no; y menos la Juventus, que domina estas situaciones como nadie. Todo un arte. Probablemente, el mejor equipo del mundo a la hora de leer una eliminatoria y echar cuentas. Por muy preocupante que la situación pudiera parecer, los de Turín eran conscientes de que si conseguían meter un gol volverían a meterse de lleno en la eliminatoria. Siempre y cuando no encajaran más. Esperaron pues su ocasión defendiendo una derrota (otra expresión auténticamente breriana) mucho menos abultada, al tratarse de un partido de 180 minutos, de lo que podía parecer. Así pues, tras una primera media hora de juego exclusivamente red, la Juve empezó poquito a poco a adueñarse del campo, y acabó dominando el partido y metiendo su gol por medio del magnífico Cannavaro. El gol, es cierto, fue más cante del portero Carson (¡ay, qué malito!) que acierto del propio internacional italiano, pero éste estuvo realmente soberbio en su salto.
El Liverpool venía de eliminar a un Bayer Leverkusen que tuvo que vender a los buenos (Lucio, Ballack...) para pagar a los malos, y que seguramente ya no es el que llegó a la final en el 2002. En todo caso, los Reds están volviendo a contar para el trofeo que tanta gloria les dio en los 70, cuando por Anfield desfilaba gente como Dalglish, Keagan, Ray Kennedy o McDermott. Pero el equipo está todavía algo verde. En sus filas, además, se aprecia cierta mediocridad, empezando por su guardameta. La Juve se me antoja mucho más sólida y competitiva. Buffon, Cannavaro, Thuram, Zambrotta, Nedved o Ibrahimovic son todos jugadores de excelencia. Del Piero, en su momento uno de los jugadores más desequilibrantes del continente, está ahora, como quien dice, para sopitas, pero siempre puede sacar algo de su arrugada chistera. Apuesto por los italianos, pues, que ya dieron muestra contra el Madrid de su solvencia en el Delle Alpi.