Acerca de lo de San Siro
La Lazio ganó el primero de sus dos scudettos en la temporada 1973-74. Era aquél un equipo a la antigua usanza, cuya alineación los chavales recitaban de carrerilla sin titubeos. Estaban, entre otros, Felice Pulici en la portería, Wilson, Oddi y Martini en defensa. Los puntas eran Garlaschelli y Giorgione Chinaglia, llamado Long John, quien más tarde jugaría con Beckembauer y Pelé en el Cosmos neoyorquino. En el medio campo la batuta la llevaba Frustalupi, ex-Inter, con Vincenzino D’Amico (hoy comentarista para la RAI) inventando cosas y dos currantes llamados Nanni y Re Cecconi. El segundo venía de un pueblo que tuvo el honor de hospedar a no sé qué rey italiano. El Monarca se encontró tan a gusto entre aquella gente que les otorgó el derecho a anteponer el prefijo “Re” (rey en italiano) a sus apellidos. La familia Cecconi, evidentemente, se apuntó encantada. De ahí lo de Re Cecconi.
Pero el bueno de Luciano Re Cecconi pasó a la historia por otro acontecimiento grandemente triste. Un par de años después de ganar la Liga, estando todavía en activo en la misma Lazio, al rubio mediocampista se le ocurrió la infausta idea de gastarle una bromita inocente a un amigo suyo joyero. Se taparía la cara con un verdugo y entraría en la joyería simulando un atraco. Tras el susto se irían juntos a tomar un café y se reirían un rato de la cara que a aquél se la habría quedado. Brillante. Dicho y hecho. “¡Manos arriba, esto es un atraco!” “Pues muy bien”, debió de pensar el amigo, el cual, ni corto ni perezoso, sacó un revólver de un cajón y le disparó a su colega disfrazado un par de tiros a bocajarro. El bueno de Re Cecconi murió en el acto.
Durante días todo el mundo comentó apesadumbrado el luctuoso acontecimiento. Los más maliciosos no podían disimular una sonrisilla considerando lo tonto de aquella muerte. Algunos tifosi de la Roma seguramente celebrarían sin disimulo el suceso. La gente se preguntaba, como es normal, ¿en qué demonios de mundo vive la gente del fútbol? ¿A quién se le ocurre? ¿No leen los periódicos?
Las mismas preguntas me formulé hace unos días cuando vi a Iván Ramiro Córdoba (excelente defensa colombiano, por otra parte) tras la suspensión definitiva del encuentro de Liga de Campeones contra el Milan acompañando al árbitro hacia los vestuarios de San Siro y aplaudiéndole irónico como diciendo “¡mira la que has liado por anular ese gol, so cabrón!”. Incomprensible, por mucho que uno intente meterse en su piel. Más lamentables aún fueron las declaraciones del entrenador de la Inter, Roberto Mancini. Dijo ufano que había culpabilizado al árbitro de lo sucedido y que a partir de ahí él hablaría únicamente de fútbol. ¿En qué mundo vive Mancini? ¡De fútbol! ¿Cómo puede uno hablar de fútbol cuando la cara fea del fútbol acaba de mostrarse al mundo, en directo, en toda su detestable desfachatez?
Ahora bien, en mi simpleza sólo consigo figurarme dos hipótesis: o bien Mancini se cree lo que dice, o bien no. Tertium non datur. Y en ambos casos a uno le cuesta dar crédito. En el primero, ¿cómo puede un hombre de fútbol, con una dilatada carrera como jugador a sus espaldas, pensar realmente que interrumpir un partido de una competición internacional a base de lanzar bengalas pueda justificarse por una decisión – supuestamente – equivocada del árbitro? ¿Qué tiene que ver? Y si le hubieran matado, ¿también diría que él se la buscó?
En la segunda hipótesis, ¿cómo puede uno ser tan infame, tan poco hombre, como para echarle la culpa de la eliminación al colegiado en lugar de reconocer sus propios errores, su propia ineptitud, o simplemente la inferioridad de su equipo? Recordemos además que ese gol no cambiaba las cosas, y que la Inter hubiese quedado igualmente fuera de la Liga de Campeones.
Mejor me parece la reacción del club, que no recurrió la (levísima) sentencia de la UEFA y decidió personarse como acusación particular en el juicio contra uno de esos canallas. De hecho, parece que las peñas interistas quisieron de esa guisa castigar a su propio club por las reiteradas decepciones. Algo así como aquél que se corta la picha para fastidiar a su mujer. La verdad es que en el caso de la Internazionale llueve sobre mojado. No se comen una rosca hace siglos y encima sus aficionados le arman semejante lío. Como decía hace un par de semanas, un equipo sin identidad para un club sin rumbo. (Y, por favor, que las demás aficiones no pongan ningún grito en el cielo: desgraciadamente, cualquier otra hinchada de un gran club italiano haría lo mismito para desahogar tanta frustración, empezando por la milanista.)
¿Debio la UEFA ser más dura con la Benamata? Hombre, desde luego, con Mancini, sí. De entrada, una sanción de cuatro más dos partidos a puerta cerrada, más no sé cuántos euros de multa y – faltaba más – el 0-3 para el Milan, se le antoja a uno un tanto benévolo en vista de tanta barbaridad. Tal vez influyera en la decisión el peso específico del club en el contexto internacional. Pero hay otro aspecto a tener en cuenta. Y es que cuanto más duro sea el castigo tipificado para esas conductas, tanto mayor será el poder de negociación de los desalmados. Es bastante normal que las peñas radicales chantajeen a su propio club aprovechando justamente su posición de fuerza: “entradas gratis para todos nosotros o te liamos una que te cierran el estadio durante un mes”. Poco más o menos. Si, como se está planteando, el lanzamiento de un único objeto al terreno de juego (independientemente de si hace diana o no: no es cuestión de puntería) supusiera la suspensión del partido, la derrota por 0-3 del equipo anfitrión y el cierre del estadio, cualquier imbécil tendría en sus manos la posibilidad de alterar el curso de un partido, incluso de toda una liga.
Parece claro que no se trata de un problema del fútbol, sino de la sociedad, y que el fútbol paga los platos. Los clubes tienen muchísimas culpas, empezando por la tradicional tolerancia para con los grupos radicales (¿acaso los Ultras Sur del Real Madrid no gozaron durante años de la benevolencia de los directivos del club, empezando por Ramón Mendoza?), una tolerancia deleznable concretada una vez más en las palabras de Mancini o en la actitud de Córdoba. Pero el fútbol no tiene la culpa de que haya tanta subcultura, tanta falta de valores éticos y civiles en la sociedad. Esa gente, además, los energúmenos, no entienden de fútbol. Algunos cabecillas, por ejemplo, se tiran todo el partido de espalda al terreno de juego, mirando a los suyos y lanzando las consignas, a menudo a través de un insoportable megáfono. Les da bastante igual un equipo de fútbol que un grupúsculo intolerante y violento, xenófobo y racista. Hay poca o ninguna diferencia entre la chusma del Meazza y los valientes hijos de puta que agredieron a Santiago Carrillo la otra noche. Lo que importa es sentirse cruzado de una causa cualquiera y demostrar a la primera ocasión que se está dispuesto a defenderla con los puños, las navajas o las porras. Estos tipejos en un momento dado de sus vidas deciden hacerse ultras de un equipo u otro, y a partir de allí hacen lo que sea (incluso matar, y lo sabemos) con tal de defender su “causa”, que es lo único que tienen en su vida infeliz.
La sociedad es la que está enferma, y tardará muchos años en curarse, si es que lo consigue. Mientras tanto, ¿qué hacer? La negligencia de la Inter, el martes pasado, fue bastante culpable, si se considera que se trataba de un derbi y que el club ya había tenido experiencias análogas en pasado. Pero militarizar los estadios no parece lo más deseable. Personalmente, me molesta profundamente que me cacheen en los aeropuertos; no quiero ni imaginar lo que sería tener que pasar por un detector de metales para ir al fútbol, por poner un ejemplo. Habría que ir tres horas antes, como cuando no había asientos numerados. Inviable. Estuve hace unos meses en el Pierluigi Penzo de Venecia viendo el choque entre el equipo local y el Genoa (Serie B). Bueno pues, no veía a tanta policía con escudos, cascos y porras desde mi época estudiantil. Aluciné en colores. ¿Es esa una solución? A mí me parece una contradicción intrínseca: el deporte, el juego, la diversión (es decir, lo lúdico, la amistad, el hermanamiento entre ciudades y naciones) convertidos en actividades de alto riesgo, exactamente como una manifestación no autorizada. En rigor, si es así, alguien debería decir “pues vale, mientras la gente no se porte bien, el fútbol queda suspendido”. Tal vez sería lo más lógico. En este sentido van las palabras del ministro del Interior italiano que promete mano dura. Pero durará un par de semanas, como tantas y tantas veces en el pasado, porque “show must go on”, porque el negocio es el negocio, porque una decisión de este tipo puede resultar popular en caliente, pero en diez días todo el mundo se habrá olvidado de lo de San Siro y querrá más fútbol (aunque caiga una botellita al césped), más panem et circenses. Y vuelta a empezar.
