Nereo Rosso habla de fútbol (y otras cosas)

domingo, abril 24, 2005

A propósito de Maldini. 1

Leí hace unos meses que un famoso pianista contemporáneo presume ser alumno nada menos que de... ¡Beethoven! Sí – explicaba poco más o menos -, a mí me enseñó a tocar un alumno de un alumno de un alumno... del genio de Bonn. No sé cuántas generaciones de pianistas había entre uno y otro, pero resulta sugerente la idea de que algunas de las enseñanzas de aquél hayan pasado de una forma u otra a través del tiempo y vivan hoy en el oído y las manos de este moderno virtuoso.
Ejem (carraspeo necesario antes de introducir un paralelismo que a algunos podría parecer poco menos que sacrílego): viendo a Paolo Maldini jugar el partidazo que jugó contra la Inter, hace unas semanas, se me ocurrió que de alguna manera en él perviven gestos, enseñanzas, cosas de grandes campeones de hace unas cuantas generaciones.
Hombre, de entrada, Maldini es hijo de Cesare, “un florete en la defensa” (así le definió Gianni Brera en su libro “I campioni vi insegnano il calcio”), el primer italiano en levantar la Copa de Europa (Wembley 1963, Milan-Benfica 2-1). Maldini padre fue internacional y más tarde seleccionador nacional, después de Sacchi y antes que Zoff, y estaba a cargo de la Nazionale cuando el mundial de Francia, en 1998. Y por supuesto seleccionó a su hijo. Pero, como es natural, padre e hijo nunca jugaron juntos, no pudiéndose producir, pues, ese aprendizaje al que me refiero, aquél que sólo puede haber entre compañeros de equipo; esa enseñanza hecha fundamentalmente de ejemplo, por un lado, y espíritu mimético, por el otro.
Maldini es el actual capitán del A.C. Milan. Me acuerdo de él con dieciocho años aniquilando a Míchel primero en el Bernabéu y después en el inolvidable 5-0 de San Siro. Un crío. ¿De quién recibiría el valioso brazalete años más tarde? Nada menos que de Franco Baresi, al lado del cual ha ganado tres Copas de Europa.
Cuando abanderó la epopeya del Milan de Sacchi, Baresi ya estaba curtido en unas cuantas batallas. Por poner un ejemplo, había ganado nada menos que un Campeonato Mundial siete años antes. Entonces su sitio en el campo lo ocupaba el gran Gaetano Scirea; pero Baresi fue uno de los veintidós en el Mundial de España 82 (llevaba concretamente el número 2), aunque, eso sí, no jugó ni un solo minuto.
Teniendo más o menos los años del Maldini que eliminó al Madrid de Míchel, Butragueño y Hugo Sánchez, Baresi participó en la temporada 1978-79 en la consecución de la décima liga del Milan, la que dio derecho al club – por fin – a coser en la mítica zamarra rojinegra la estrella dorada de los diez scudettos. “Il Milan della Stella”, así se le conoce. La parroquia milanista le apodaba “El Picinin”, esto es, el Chavalín. Por supuesto que en aquel entonces el brazalete no lo llevaba Baresi. ¿Quién, entonces? Pues nada menos que Gianni Rivera, probablemente el mejor jugador italiano de la era moderna, santo y seña de unas cuantas generaciones de milanistas e internacional por Italia en la friolera de cuatro mundiales (Chile, Inglaterra, México y Alemania).
Y Gianni Rivera – al margen de ser un hijo predilecto de los dioses: debutó en Serie A con dieciséis años – aprendió el oficio en el Milan de Juan Alberto Schiaffino (en opinión del citado Brera, el mejor jugador de todos los tiempos), es decir, del líder de la Selección uruguaya que había ganado el Mundial de 1950 en Brasil, cuando el famoso “maracanazo”.
¡Vaya un árbol genealógico de monstruos!
Contra la Inter, la otra noche, Maldini recuperaba balones con asombrosa facilidad, los distribuía con tino, corría la banda como un chavalín; hacía, en fin, lo que ha hecho durante tantos años con la soltura, la elegancia y la precisión de siempre. Y yo, viéndole, me preguntaba a quién dejará él el brazalete del Milan cuando se retire. Y no encontraba respuesta. Por supuesto, alguien se hará cargo de tan pesada herencia, pero no será lo mismo, porque en el Milan, aparte de él y Costacurta, que es aún mayor, no hay ningún jugador de ese tipo. Maldini es, como lo fueron su padre Cesare, Baresi o Rivera, uno de esos jugadores cuyo historial se entrecruza indisolublemente con los avatares de un club y de uno sólo. Antes había muchos de éstos, en Italia y en todo el mundo. Hoy ya no. Uno que hasta la fecha ha sido fiel a sus colores de toda la vida es Francesco Totti, pero, en vista de cómo va la Roma, lo más probable es que muy pronto deje la Ciudad Eterna camino de un gran club. Reconozco que sería una pena que Totti se quedara hasta el final en un equipo mediocre (una pena para él y para nosotros), cuando al lado de otros figuras podría obviamente hacer grandes cosas. Pero qué diferencia con respecto a otro grande-en-equipo-menor como Giancarlo Antognoni, que se pasó toda su carrera en la Fiorentina, con la que nunca ganó nada. Roberto Baggio – por poner el ejemplo de otro fuera de serie – jugó en Vicenza, Fiorentina, Juventus, Milan, Inter y Brescia.
El fútbol ha cambiado muchísimo, sobre todo a partir de los 90, y hoy son realmente contados los canteranos que triunfan en el equipo que les crió. ¿Está bien? ¿Está mal? Da un poco igual: es así, y no creo que haya mucho que hacer. Nos guste o no, esto es un gran negocio, y en los mejores clubes, los más ricos, juegan los mejores. Y no cabe duda de que, visto así, es justo que así sea. Recuerdo al sindicato de los futbolistas españoles, liderado entonces por Sanchís, reivindicando un cupo para jugadores nacionales en los clubes de fútbol profesional. Obviamente, nunca se hizo nada de aquello.
Así pues, me sonó muy raro cuando leí el viernes pasado que la UEFA va a exigir a los clubes “al menos dos canteranos en sus plantillas” a partir de la temporada 2006/2007 y cuatro a partir de la 2008/2009. ¿Qué sentido tiene? Es como si se quisiera imponer por narices a las grandes empresas que al menos dos puestos de directivo los ocupen miembros de la familia fundadora, para darle al asunto un toque más romántico y humano. Mire usted, a mi gente la quiero mucho, pero a nadie se le da bien esto de los negocios.
Francamente, no creo que esta idea prospere; creo que a la primera ocasión los grandes clubes – eso del G-14 o cuántos sean -, que son los que mandan, impugnarán la norma y harán, como es lógico, lo que les da la gana. No creo que un jugador, por el mero hecho de ser italiano, tenga derecho a jugar en Serie A, ni un inglés en la Premier o un español en la Liga de las Estrellas. Cada uno juega donde le corresponde dentro de un escalafón que ya no es nacional sino mundial. Y si un italiano chupa banquillo en su tierra querrá decir que otros (italianos, comunitarios o extracomunitarios que sean) son mejores; y sólo le quedan dos opciones: aguantarse o irse a jugar a otro país, cobrando, por supuesto, muchísimo menos. Así de claro y así de “duro”.