Champions'05_5
CUARTOS DE FINAL DE LIGA DE CAMPEONES – 5
Mi querido Diablo tiene ya pie y medio en el avión a Estambul. Tras eliminar a dos equipos franceses de segunda fila en el panorama europeo, esto es, Mónaco y OL (aunque creo que el segundo pagó la novatada y podía dar más de sí), el PSV se dio de bruces con la realidad de la manera más cruda. Perder no mola nunca, pero menos aún cuando llegas incluso a rozar con los dedos la posibilidad de tener una oportunidad de meterte en la eliminatoria gracias a un empate en San Siro. En lugar del 1-1 llegó puntualmente el 2-0, que se me antoja casi definitivo, visto lo visto.
El Milan no jugó un buen partido; sobre todo jugó una mala segunda parte defensivamente hablando. Pirlo no apareció en todo el encuentro, y hoy por hoy el Milan depende mucho de la prestación de su cerebro. Ancelotti pudo sacar un once casi titular. Sólo faltaba Nesta, que es uno de los mejores centrales de Europa. Ahora, yo no sé con quién podía contar el míster, es decir, cuáles eran las bajas por sanción o lesión. Pero me parece que otra posibilidad podía haber sido la de dejar a Maldini en su banda y poner en el centro de la defensa a Costacurta, que es central de nacimiento. En realidad, tengo para mí que como central Maldini no vale ni la tercera parte de lo que es como lateral. El martes bajó muchísimo su rendimiento en la segunda parte (tras una primera parte muy buena, por cierto) y la defensa empezó a conceder demasiado. Entendámonos: el PSV no tuvo ninguna ocasión de gol clara, lo que se dice un gol cantado, como sí la tuvo, por ejemplo, Lampard en la primera parte de Stamford Bridge. Pero sí tiró a puerta en varias ocasiones, causando más de un sobresalto a la afición rossonera y arrancando algún que otro gritito a mi amiga Elisabetta, que vio el partido conmigo. La zaga milanista pareció en cambio tomárselo con mucha calma, casi con autosuficiencia; parecían saber que a ellos esas cosas de recibir un gol en casa no les iba a pasar. A los delanteros del PSV, sobre todo a los coreanos, debió de pasarle el exacto contrario. Hay situaciones que dan vértigo si no se está acostumbrado a ellas: tirar a puerta sabiendo que si la metes tu equipo puede empatar en San Siro ante el Milan y volver a contar para la final de la Copa de Europa es una de ellas. Cosas del blasón, del miedo escénico, de la “sudditanza psicologica”. Por ello yo (que soy milanista) estaba bastante confiado, y – lo juro – le dije a Elisabetta que tranquila, que si acaso íbamos a meterles nosotros el segundo a la primera ocasión. Y por una vez, acerté. He leído y escuchado sandeces acerca de no sé qué de suerte del campeón. Ni suerte ni hostias. El PSV hizo lo mínimo que cabe esperar de un semifinalista. Pero Dida no hizo ningún milagro; es más, en una ocasión fue el portero brasileño quien estuvo a punto de liarla. El Milan fue superior de cabo a rabo, y arriba fue efectivo, letal. Y esto, hasta que se demuestre lo contrario, es una cualidad. Una de las muchas que adornan al (en mi pronóstico) futuro heptacampeón de Europa.
La otra semifinal enfrentaba a dos equipos ingleses, uno de los cuales está a punto de proclamarse campeón de la Primera Liga mientras que el otro navega unos 30 puntos más atrás. El pronóstico se me antojaba bastante fácil antes del comienzo de las hostilidades en Stamford Bridge. El Chelsea es superior. ¿Qué pasó, entonces? Primero, que un derbi es un derbi; y, segundo, que el Liverpool lleva en sus cromosomas los genes de los grandes de Europa y se mueve con desparpajo a estas alturas de la competición. Al Chelsea, en cambio, puede que le diera algo de vértigo. El caso es que no dio esa sensación de poderío que todos recibimos viendo sus partidos contra el Barcelona y el Bayern. Tuvo Lampard, como dicho, una gran ocasión, y puede que después de la vuelta en Anfield se acuerde amargamente de aquella jugada. Las espadas, desde luego, están en todo lo alto.
Dijo Mourinho antes del choque que la contienda se resolvería en Liverpool. Tenía razón. Y es que el reglamento UEFA tiene estas cosas, como que un empate a cero en el partido de ida puede satisfacer a ambos: uno se alegra por no haber perdido fuera de su estadio; el otro, por el hecho de que un empate con goles en el partido de vuelta le dará el pase a la ronda siguiente.
El Chelsea cuenta de entrada con un once mucho mejor que el de los Reds. A Terry y Carbalho, Makelele y Lampard, Drogba y Cole, los de Anfield responden con una gran pareja central (Carragher y Hyypia), Gerrard – por supuesto – y poco más. Cissé sale de una lesión y empezó en el banquillo. Luis García es un buen volante, pero no un fuera de serie. Alonso en el centro organiza y reparte, pero no tiene el dinamismo de un – pongamos – Xavi ni el poderío del propio Lampard.
El partido estuvo vibrante y divertido, como no podía ser de otra manera. A partir de cierto momento los dos equipos empezaron a preocuparse más por mantener su portería a cero que por marcar un gol en la contraria. Y así terminó. Yo lo pasé bien. Y sigo pensando que el Chelsea llegará a Estambul.
Lo peor de la tarde, por encima incluso del Dúo Dinámico de comentaristas de TVE (lamentables, como siempre), la calamitosa retransmisión del realizador inglés, empeñado en mostrarnos cuatro o cinco repeticiones de cualquier tontería, cualquier falta, cualquier tirito a puerta, mientras el partido seguía. Yo me pregunto si de verdad el telespectador medio es tan imbécil como para preferir ver una y otra vez algo que ya ha visto antes que seguir el juego en directo. No sé. Me parece de cajón. Y para repeticiones y moviolas, pues habrá tiempo (debería haberlo) después del partido, como hacen en Canal Plus. La televisión es un gran invento, pero en esto del fútbol debería limitarse a imitar lo mejor posible lo que es el espectáculo en el estadio, con alguna concesión para unos cuantos primeros planos. Y, en cambio, hete aquí toda una cohorte de realizadores “creativos” que consideran más interesante ver lo que hace un entrenador en el banquillo, un aficionado en la grada o las dichosas repeticiones antes que el juego en sí. Y los que queremos ver el partido, a fastidiarnos.
