Nereo Rosso habla de fútbol (y otras cosas)

martes, mayo 24, 2005

A propósito de Maldini. 2

A PROPÓSITO DE MALDINI – 2

Volvamos pues al mejor lateral izquierdo de la Era Moderna para esta segunda tanda de reflexiones. Pero esta vez para hablar mal de él o, por lo menos, para criticar algo que él hizo, algo tan de moda últimamente como es eso de “renunciar” a la Selección unilateralmente y, casi siempre, de forma irrevocable.
El gran Luis Suárez declaró a este respecto hace un tiempo que en su época se renunciaba a la Selección cuando a uno dejaban de convocarle. Tiene más razón que un santo. (Poca gente lo sabe, pero lo es, en efecto; Juan Pablo II le canonizó en el 90 por no matar a Míchel después de que el actual Señor Calidad se agachara en la barrera, permitiendo que se colara el libre directo de Stojkovich y Yugoslavia eliminara a España del Mundial. A los que se agachan en la barrera Dante, de escribir hoy, seguro que los mandaría al último círculo del Infierno, reservado a los traidores de sus benefactores, junto con Caín, Judas y José María Aznar.)
Elemental en mi forma de pensar, como siempre, se me ocurren dos únicas posibilidades. O bien a Fulanito le dejan de llamar o bien no.
La primera hipótesis debe de parecerles a algunos modernos figuras una intolerable afrenta, y deben de pensar algo así como “Y si el mindundi este de seleccionador resulta que cree que ya no valgo para la Selección, ¿acaso no voy a quedar mal ante mis incondicionales adoradores? Pues renuncio yo directamente, y quedo como un señor”. Este ridículo planteamiento parece olvidar que a gente como el propio Suárez, Charlton, Beckembauer, Rivera, en un momento determinado dejaron de llamarles, y no pasó nada. Roberto Baggio, por poner un admirable ejemplo contrario, estuvo siempre a disposición del seleccionador italiano de turno, a pesar de que ya en el 98, en Francia, tuviera que aguantar la competencia del astro naciente Del Piero. Hubo auténticas campañas populares a favor de su inclusión en la lista en el 2000, 2002 e incluso 2004, cuando ya estaba en el Brescia, en las que participaron (ahí está el quid) no sólo los aficionados del equipo en que jugaba el Divino Coleta en ese momento, sino los muchos italianos que le consideraban indispensable. (Cierto es que Baggio – como veíamos en el anterior pensamiento a propósito de Maldini – no se había distinguido por una extraordinaria fidelidad a los colores de sus clubes, tan es así que pasó por una media docena de ellos. Por ello mismo, quizás, las campañas a su favor fueron tan “universales”.) Y a Baggio nunca se le ocurrió hacerse el ofendido y menos retirarse unilateralmente. Siempre estaba allí, dispuesto, y a los periodistas carroñeros que le picaban solía contestar que él estaba listo y le hubiera encantado ir a ese Mundial o a esa Eurocopa aunque fuera de suplente; que Maldini (padre), Zoff o Trappattoni decidirían y que él aceptaría cualquier decisión. Todo un ejemplo. Y estamos hablando de Baggio.
Una cosa es retirarse sin más, porque se ha cansado uno, porque ya no le divierte, porque ve que no da más de sí. Por la razón que sea. Y siempre es legítimo. Otra bien diferente es que uno decida seguir jugando, y muy bien, y al más alto nivel, pero le diga a su seleccionador, a todos los aficionados de ese país, que el equipo nacional (¡el equipo nacional! ¿cabe imaginar algo más sagrado para un futbolista?) puede ir olvidándose de él. Una actitud deleznable, directamente. A no ser que se considere, como ocurre aquí, que la Selección es algo secundario con respecto a los clubes, algo prescindible, algo que aparece de vez en cuando para romper el ritmo de la competición nacional y disputar cada dos años un gran torneo en el que regularmente no se come una rosca (ya hablaremos de las razones de esto último en otro momento). A mí la renuncia de personajes como Hierro o Luis Enrique me pareció francamente prematura, pero igual al aficionado español medio les dio bastante igual.
Pero empezamos por Maldini. Y Maldini es italiano. Y desde luego Italia no es España si hablamos de equipos nacionales. Maldini renunció a la Nazionale después del Mundial del 2002. Fue un Mundial al que todos los equipos europeos llegaron reventados por una temporada criminal; Francia, Italia, España, Inglaterra dieron auténtica pena. Alemania llegó a la final tras disputar un torneo mediocre y una vez allí no fue rival para Brasil. Maldini también estuvo mal. Además jugó de central, una posición en la que, según creo, pierde muchísimos enteros. Estuvo mal en el gol de México; estuvo mal en el gol de Corea. Pero estuvo mal como lo estuvieron Vieri o Del Piero o Totti. De acabado, nada. Tres años después, Maldini sigue de titular en el Milan y está a punto de disputar la final de la Copa de Europa, tras mantener un nivel excelente a lo largo de toda la campaña en Italia. Pues ni Trappattoni ni Lippi han podido contar con él desde entonces. Manda a huevos. Yo que Lippi, por ejemplo, de haberlo considerado oportuno, le habría convocado para los partidos de clasificación y le llamaría para ir a Alemania. “Señor Maldini, ya sé de su renuncia a la Selección italiana, pero, como sigue usted regularmente inscrito en esta Federación nacional y como aquí el que manda soy yo, le espero en Coverciano el día tal a la tal hora”. A ver qué pasaría.
También cabe, como decía, otra posibilidad, a saber, que el seleccionador le diga a cierto icono del fútbol nacional que ya no piensa contar con él, que si quiere puede convocar una rueda de prensa y anunciar su retirada unilateral antes de dejar de aparecer en la lista de seleccionados, caso de parecerle una salida más digna. Al margen de que eso de querer dejar claro que no es que a uno le dejen de llamar sino que es uno el que deja de ir me parece un caprichito digno de una primadonna venida a menos, especialmente si no es verdad (y es ésta la hipótesis), creo que lo más bello que podría decir un Maldini llegado el caso sería “míster, gracias por decírmelo, y gracias por haber contado conmigo hasta ahora. Sin embargo, si no le importa, prefiero dejar abierta esa puerta, la más hermosa puerta que pueda existir para un futbolista, por si acaso cambia usted de opinión o por si – perdone el atrevimiento – cuando usted deje de ser seleccionador, a su sucesor le pueda seguir interesando mi aportación. En todo caso si la Nazionale me necesita siempre estaré a su disposición. Ténganlo usted por seguro”.
¿Qué menos, tratándose del Equipo Nacional de uno?
Pues nada. Ahí están, entre otros, Zidane, Rui Costa, Figo diciendo que no, que con ellos ya no cuenten. Zidane parece decir “Ya os llevé a conquistar un Mundial y una Eurocopa. Soy Zidane, oye, y ya no estoy para ridículos como el del 2002 (con los del Madrid tengo suficiente).” Como si fuera Francia la que le debe algo y no él a Francia. Resulta difícil pensar que Zidane pensara que ya no le iban a llamar, y en vista de que el francés sigue activo y muy activo nada menos que en el Real Madrid, sólo cabe una explicación, es decir, que Zizou ¡está harto de jugar en su Selección! Una actitud que no puede sino reforzar la sensación de que para él, para Maldini, para todos, la Selección es algo secundario. ¿Cómo puede reaccionar el aficionado ante esa actitud? Obviamente, distanciándose de su equipo nacional, llegando a considerarlo, a su vez, algo secundario. Repito: deleznable.
En general, este fenómeno al que he dedicado esta reflexión parece ser un signo más de la desafección generalizada por parte del aficionado medio hacia su Selección y los grandes torneos para Selecciones, que son en cambio lo más bonito de este deporte. Debe de ser un ejemplo más de la primacía de lo privado (los clubes) con respecto a lo público (la Federación) en este nuestro mundo. En este sentido, las selecciones parecen gozar de la misma consideración que le merece al ciudadano medio cualquier institución pública, esto es, que si funciona cumple con su obligación y es de todos, y si no funciona es una puta mierda y no es de nadie.