Champions' 05. y 7
¡Larga vida al fútbol! Aun dentro de la lógica decepción e incredulidad que como diablófilo siento tras ver a mi club favorito perder una final de Copa de Europa que parecía ganada, no puedo sino expresar mi eterna gratitud al inventor de un juego tan increíblemente complejo, apasionante, imprevisible, misterioso, cruel a veces pero nunca – repito: nunca – injusto.
La primera y más importante enseñanza que personalmente puedo sacar del partido del miércoles es que el análisis puede variar sensiblemente tras una segunda lectura. De haber escrito mis comentarios tras el primer “pase”, en directo, visto más con el corazón que con el cerebro, éstos habrían sido bastante diferentes. Lógico.
Una vez visto el partido grabado, en frío, he de decir que las razones (que siempre las hay) para explicar lo que pasó me parecen ahora más estrictamente futbolísticas que anímicas.
De entrada, me parece que Benítez es un técnico excelente donde los haya, pero que se equivocó en la alineación inicial. De ahí que en la primera parte, en efecto, no hubiera partido. El Milan dominó desde el minuto uno al 45, metiéndose en las entrañas de la defensa roja con una facilidad pasmosa y defendiendo con la gorra ante los veleidosos ataques del rival. El 3-0 no hacía sino reflejar lo que todos, incluido el Dúo Dinámico, habían visto: una superioridad nunca vista en una final. Algo pasaba.
El australiano Kewell se lesionó pronto, y Benítez sacó a Smicer, un rostro ya muy conocido para los aficionados de toda Europa tras sus buenas prestaciones a lo largo de los últimos meses. No sé bien qué podría haber aportado Kewell. El caso es que finalmente Smicer fue seguramente uno de los protagonistas del encuentro. Pero el barco del Liverpool seguía haciendo aguas. Luego vino el descanso.
No cabe duda, visto lo visto, que Benítez supo tocar las teclas adecuadas desde el punto de vista anímico. Y también que es ésta una faceta fundamental en un técnico. Pero yo creo que, sobre todo, la jugada clave del entrenador español fue la de sacar a Hamann en lugar de Finnan. No es que Hamann sea Maradona, pero a veces – a menudo – un retoque mínimo resulta en un reajuste general de todo el equipo; milagrosamente se recupera el equilibrio perdido; lo que poco antes era un juguete roto, un mecanismo mal engrasado, empieza a funcionar correctamente. Todo depende del mediocampo, en este juego. Y el medio campo del Liverpool ahora tenía otra pinta.
¿Qué pasaría, mientras, en el vestuario rojinergo? Misterio, obviamente. Según “La Gazzetta dello Sport” del viernes, Traoré habría afirmado que los del Milan ya celebraban el triunfo, los del Liverpool los vieron y oyeron, se cabrearon y les castigaron. No me lo creo. “La Gazzetta dello Sport” no me merece mejor opinión que “As” o “Marca”: todas gacetillas futboleras que son al Deporte Rey lo que el “Lecturas” es al análisis social. Directamente, no me lo creo. O sea, no me creo que unos profesionales curtidos en mil batallas hagan lo que no hace siquiera el más bisoño equipo de Regional, es decir, perder la concentración en el descanso y cantar victoria a falta de 45 minutos. Menos aún me lo creo del Milan, al que la experiencia de La Coruña debía de escocer todavía. Es más, creo que, lejos de olvidarse de la lección de Riazor, ese recuerdo debió de acojonar a muchos milanistas después del primer y fundamental gol de Gerrard.
En realidad, los diez primeros minutos del segundo tiempo parecieron un “más de lo mismo”, hasta que los hechos empezaron a dar razón a Benítez, premiando lo acertado de sus correcciones sobre la marcha. Y es que cuando ves que tu equipo está descompensado, por muy de Liverpool que seas, no te entran ánimos. Sí te entran cuando ves que aquello empieza a funcionar y, además, tu capitán marca el primer gol a falta de 35 minutos.
Al Milan se le cruzaron los cables durante esos siete fatídicos minutos. Algo muy grave, creo, en un equipo de esa talla. En el primer gol Gerrard se coloca en el corazón del área y espera durante un puñado de segundos el centro sin que nadie se moleste en ir a marcarle; en el segundo, Smicer puede perfilarse, apuntar y disparar con toda tranquilidad, sorprendiendo a Dida (que también tiene algo de culpa); en el tercero Gattuso se deja ganar la posición por Gerrard y le hace un penalti bastante claro.
Al Milan le pasó algo a nivel psicológico; pero, más allá de factores mentales también importantes, ése era otro Liverpool. Y claro, un Liverpool de verdad, organizado, compensado, puede meterle tres en siete minutos a un Milan temporalmente ausente. Cuando los de Ancelotti recuperaron la compostura, el partido volvió a su libreto originario, con un Milan superior bajo casi todos los aspectos pero, ahora, ante un Liverpool que ya era un equipo y no una parodia, como en el primer tiempo. Mejor arropada, la defensa concedió muchísimo menos. Carragher estuvo inconmensurable. El magnífico Gerrard (finalmente a la altura de su fama tras unas prestaciones discretas, en mi opinión, ante Juventus y Chelsea) acabó de lateral derecho tapando con éxito las internadas de Serginho. Soberbio.
Así pues, enhorabuena al Liverpool por su segundo tiempo memorable. Sin embargo, cuando una final termina en empate y se decide por penaltis, siempre me parece una victoria menor. Tampoco me habría ilusionado mucho, la verdad, que fuera el Milan el que se alzara de esa guisa con el trofeo tras haber tenido el partido en sus manos; ya lo hizo hace dos años, y tener dos de siete Copas de Europa conseguidas desde el punto fatídico disminuye, en mi opinión, el valor de un dato estadístico aparentemente tan apabullante. Las nueve de Madrid, por ejemplo, son todas “de verdad”.
Claro que hay que tener agallas en esos momentos, y el Liverpool superó claramente al Milan en concentración, determinación, acierto. Dudek estrenó ante millones de espectadores una nueva técnica de detener penaltis, que consiste en desplazarse horizontalmente a lo largo de la línea a derecha e izquierda, lo que debe de resultar bastante molesto para quien lanza. Además, resucitó la pantomima que hizo famoso a su predecesor Grobbelar en el 84 contra la Roma, meneándose como si le flaquearan las fuerzas en el momento en que el lanzador coge carrerilla.
Por cierto, son una suerte, los penaltis, que se les da decididamente mal a los italianos, tanto Selección como clubes. Y esto también querrá decir algo.
Comentarios sueltos. La designación de Mejuto González para la final me pareció poco feliz. Lejos de mí cualquier sospecha – digo antes del partido – sobre su imparcialidad; pero en vista de que en Anfield trabaja una nutrida colonia española, tal vez no haya sido la elección políticamente más idónea. No sé si los italianos, a menudo amigos de especulaciones y cavilaciones, han calentado el ambiente en este sentido en la víspera. Espero que no. Pero yo habría elegido a otro justamente para evitarlo.
A posteriori, la labor del colegiado español fue realmente excelente, y también la de sus colaboradores con ocasión de algunos fuera de juego complicados de juzgar. Bravo. Los árbitros españoles pitan mucho mejor en Europa que en patria. ¿Por qué será?
Vi el partido en directo en una cafetería abarrotada de gente y no pude escuchar los comentarios del Dúo Dinámico. Cuando mi segundo “pase”, me sorprendió gratamente la actitud de Míchel, que por una vez no dio la lata con lo de la calidad y se mantuvo siempre oportunamente imparcial. Al de la Casa se le oía más el plumero, pero en general me temía una narración de tintes mucho más proliverpool. Menos mal.
Ridícula, en cambio, me parece la actitud de muchos futboleros – que no aficionados – españoles que, una vez eliminada la otrora Invencible Armada Rojigualda (no pasó de octavos) se volvieron hinchas incondicionales del Liverpool, por aquello de la presencia española en campo y en el banquillo. Por supuesto que entre dos equipos “neutrales” cada uno puede tomar partido por el que más le dé la gana: por el que juega el fútbol que más le gusta a uno, instintivamente por el más débil o, cómo no, por el más “español”. Pero de ahí a convertirse en un hooligan media un abismo. En la citada cafetería tuve que soportar escenas de júbilo a todas luces desproporcionadas, ya que el ganador seguía siendo, a la postre, el Liverpool (Inglaterra, Reino Unido de la Gran Bretaña). Debe de haber pasado lo mismo en Finlandia y Noruega por el triunfo de Hyypia y Riise, respectivamente. Pero Finlandia y Noruega son países del Segundo Mundo en el fútbol. No así, pensaba yo, España.
