El "no" europeo
Lo que más me sorprende de los comentarios que se leen y escuchan acerca de los “noes” francés y holandés a la mal llamada Constitución europea es la seguridad con la que tantos observadores y columnistas sacan conclusiones del resultado de las consultaciones dando por sentado que ellos, con sus mentes privilegiadas, conocen perfectamente las motivaciones del rechazo.
Yo no soy tan listo. Más abajo, más modestamente, diré por qué personalmente rechazo ese texto y expresaré la esperanza de que sean ésas las reflexiones que orientaron a franceses y holandeses. Pero de entrada me parece que lo único que se puede afirmar legítima y objetivamente es que Francia y Holanda (y por ende Europa) han echado abajo ese proyecto de Constitución. Y nada más. La gente ha dicho: “se ha preparado un texto constitucional y se me pregunta si lo apruebo, si me gusta. Lo he leído y no me gusta. Pues digo que no”. Por este hecho (el único) hay que empezar. Y, consecuentemente, hablar del texto de una vez, y no andar por ahí sacando conclusiones arbitrarias y a veces ridículas.
Decir que es un “no” a Europa no tiene sentido. Sí lo hubiera sido una abstención masiva. La convicción europeísta no se manifiesta necesariamente votando “sí”, sino simplemente yendo a votar, lo que supone implícitamente el reconocimiento de que, como europeo, uno tiene una obligación/derecho electoral (y la participación por lo menos en Francia fue muy elevada). Europa ya está hecha hace mucho, y ya está bien de cuestionarla constantemente. Holanda y Francia son dos de los seis países fundadores de la Unión; a buenas horas se habrían dado cuenta de que no quieren ser Europa o “esta” Europa. Lo que han dicho que no quieren, repito, es esa Constitución.
En España, hace escasos meses, los principales partidos políticos, con la loable excepción de Izquierda Unida, jugaron sucio y presentaron la consultación a los ciudadanos justamente como un referéndum acerca de Europa y no sobre un remedo de Carta Magna. Muy poca gente se leyó el texto. Muchos votantes se expresaron favorablemente para cumplir con la que percibían como una obligación, el pago de una deuda. “A ver si ahora, tras recibir tanta ayuda de la Unión, decimos que no porque, a raíz de la ampliación, nos va a tocar contribuir”. Bonito, pero totalmente fuera de lugar. Ni que la Unión y la pertenencia a ella de España necesitaran constantemente de una revalidación, de una confirmación, y no fueran, como son, hechos ya impepinables y prácticamente inamovibles. Por mucho que ganara el “no”, España hubiera seguido en la Unión ni sus obligaciones para con los demás países hubieran variado un ápice.
(También me llamó la atención el desparpajo con que tanta gente me decía que no pensaba votar, que les daba igual, que la cosa no iba con ellos. Es terriblemente sorprendente cuán rápidamente se ha cansado tanta gente en España de cumplir con sus obligaciones - y subrayo lo de obligaciones – electorales, cuando el recuerdo de la dictadura debería estar tan vivo todavía. Pero de ello hablaré en otra ocasión, pues merece una reflexión aparte.)
Jugaron sucio, los políticos, igual que lo hicieron después a la hora de interpretar el resultado, igual que lo hacen estos días buscándole tres pies al gato y escurriendo el bulto ante el único debate que tendría sentido ahora, esto es, por qué esa Constitución no les ha gustado a franceses y holandeses. Si lo hicieran se verían obligados a hablar del texto, para bien o para mal, desplazando el objetivo hacia el verdadero objeto de la consultación. Claro, no lo van a hacer. Mucho más cómodo tergiversar los hechos, no vayan a darse cuenta los españoles de la mierda de texto que aprobaron en su momento.
Pero el hecho de que en España las cosas fueran así, que la jugada le saliera redonda a PSOE y PP, no nos autoriza, obviamente, a asumir que en los demás países también se ha votado acerca de una falsa cuestión, como es justamente la del apoyo o rechazo del hecho europeo.
Sigamos con las seudointerpretaciones de estos días.
¿Es un “no” a la ampliación? Por supuesto que no. La ampliación a 25 ya es un hecho, y a 27 lo será dentro de un par de años. ¿Miedo al paro, a la deslocalización? Por favor, un poco de seriedad. ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? El capital deslocaliza como y cuando quiere en este mundo, y la ampliación hace justamente que países como República Checa, Polonia o, dentro de un par de años, Rumanía y Bulgaria, dejen de ser tan atractivos para los empresarios con ganas de deslocalizar.
Ahora, ya que lo hace todo el mundo, yo también voy a intentar una interpretación personal de los “noes” francés y holandés y explicar por qué de haber podido votar hubiera dicho que no.
Eso no es una Constitución, ni formal ni virtualmente. Una Constitución se compone de unos cuantos principios básicos, muy claros para todo el mundo, y no de un capitulado infinito que echa p’atrás y sólo un jurista puede entender e interpretar correctamente.
Se trata, en otras palabras, de un proyecto redactado por un equipo de burócratas, liderado por el tipejo de Giscard D’Estaing, totalmente de espalda a los ciudadanos. A parte de esto, es la consagración del libre mercado como principal, si no único, valor de Europa; el capítulo social es ridículo; el compromiso para con el Medio Ambiente está supeditado a la competitividad de las empresas; se postula la legitimidad de la guerra preventiva, lo que avala imperdonablemente la doctrina inspiradora de los recientes atropellos del Imperio. Menos mal que finalmente no se recogió aquello de las raíces cristianas que tanto deseaba el de las Azores.
Éstas son, para mí, las razones del rechazo. Un “no” mayoritariamente de izquierdas, progresista, solidario, ambientalista, que, lejos de renegar de Europa, cree tanto en ella como para querer dar a nuestra institución supranacional - tan débil todavía como para estar constantemente en tela de juicio - una Constitución digna de este nombre. Cuyo Artículo Uno, por poner un ejemplo, rece “Europa repudia la guerra de todas, todas”.
Éstas son, asimismo, las razones por las que no se quiere volver sobre el texto que acaba de naufragar y se prefiere explicar el fiasco de cualquier forma. Por cierto, no me cabe la menor duda de que los españoles son igual de progresistas, están igual de mentalizados acerca de temas como el Medio Ambiente (con la sequía que se nos viene encima) o la guerra preventiva (allí están las manifestaciones en todo el país cuando lo de Irak) que holandeses y franceses. Quizás el lavado de cerebro fue más intenso y compacto; tal vez los votantes pecaron de vagos a la hora de enterarse del objeto del referéndum y delegaron la decisión en sus partidos de toda la vida. De ahí que colara. De ahí que no resulte oportuno para algunos, ahora, profundizar en el verdadero quid de la cuestión, no vayamos a enterarnos de cómo están realmente las cosas. Me gustaría que los europeos, en lugar de criticar a franceses y holandeses por su supuesto euroescepticismo, tomaran nota, dejaran brotar en su interior esa valiosa amiga llamada duda (a posteriori), se molestaran en leer un poco más en profundidad el texto que se les propuso y se dieran cuenta de que – hablando en plata – los políticos intentaron darle (les han dado, en algunos casos) gato por liebre; que esa Constitución era una caca y que menos mal que holandeses y franceses se lo han tomado más en serio y han evitado que nos la dieran con miel.
Así pues, el “no” de Francia y Holanda supone para mí una excelente noticia. Más aún, la primera buena noticia en mucho tiempo. Bien es cierto que se compone de estas objeciones y de otras, del todo diferentes. Le Pen también pidió el “no”, y ganó. Me da un poco igual. Lo importante es que ese texto, que posteriormente hubiera sido prácticamente imposible de modificar, no ha prosperado.
Ojalá el resto de Europa siga el ejemplo y exija a sus representantes una Carta Magna en condiciones. A ver ahora qué pasa. De momento, gracias de corazón a holandeses y franceses.
